La costumbre le exige al retraso una disculpa, a la inasistencia –cobijada en el olvido, cierto o falso– a un compromiso, otra: la atención, la educación, la “carga moral”, y hasta la “moral social”, la respaldan. (Tema aparte los abusos y delitos, que no requieren solicitudes de perdón ni perdonarse, exigen el cumplimiento de una pena).
Arrepentirse de la tardanza –o del no haber llegado–, ubican, al impuntual y al ex ausente, en una situación incómoda que le exige acuciar el ingenio para esgrimir una excusa, cierta o inventada, pero creíble: ambas; y al pensarla –cualquiera de las dos–, lo regresan, por un segundo al menos, a un pasado indeseable, penoso –a veces insoportable–, que ni la plegaria, –si lanzó alguna–, ni la disculpa solicitada, ¡lo cambian en nada!: el perdón negado u otorgado, ¡tampoco!; aunque la propia conciencia –incluso la social– lo exija para aligerarse la carga, simplemente porque siempre llegará tarde, ¡siempre!
A demás, a la conciencia se le engaña fácil con auto-justificaciones vanas y realidades inventadas, haciéndola sentirse ligera de culpas o libre de cargas: vacía de lastres; con el olvido conciente evadiendo realidades pasadas innecesariamente objetables; con la plegaria interminable, ferviente e incansable, buscando el equilibrio, la paz; con el arrepentimiento sincero y el perdón sentido recibido; con la magia de un elixir en medio de un esotérico ritual o en el éxtasis del misticismo de la meditación, que podrán transformar la percepción de la falta, la energía de la contrariedad, en paz: ¡pero nunca la esencia de lo que ya fue! Porque será imposible sacarlo –cambiarlo o transformarlo– de “ese otro lugar especial”, inaccesible a la voluntad y a salvo del hechizo del rezo, de la magia y del milagro; ¡afortunadamente!:
¡De la inconciencia imborrable!
Es ahí donde los hechos se tatúan para siempre, donde la lección reposa poco y se repasa pronto, donde las vicisitudes enseñan sin importar el tiempo que en aprenderles se tarde, donde el arrepentimiento es genuino, inolvidable, sin exhibirlo, sin hacer alarde; donde la disculpa asimismo llega en un tiempo preciso, nunca tarde; donde la consecuencia se graba: ¡donde se aprende!
Ya erguido o corvado, ya con pelo o sin este, negro, canoso o pintado; ya sano o enfermo rumbo al pozo: ¡pero se aprende!
Y el que sintió la falta como irrespeto, el que consideró despreciado su tiempo o el desesperado que se quedó esperando, el ofendido, si no reclama la disculpa, sí rumia la opción del desquite con la venganza, o lo hacen sentirse “moralmente” en ventaja para condicionar el compromiso siguiente.
Pero no lastimemos más a los “orgullos arrepentidos” (y el de los que esgrimen ofendidos el insulto) picando donde sabemos que duele; dejémosle tal acto a la inconciencia, a quien nunca se le termina el filo: la venganza jamás tendrá tanto.
Si la intención vengativa no existe, no nos ofendamos con la disculpa: pidiéndonosla y dándonosla.
Y de existir, autosugestionarse a tiempo –para no arrepentirse después– de que su sabor es dulce y no amargo: es necesario. Muchos, que evidencian su experiencia por los vericuetos de las celadas antiguas (y saldadas) “dicen” que lo es. Tragársela sin esa sugestión, arriesga al osado a convertirse en un arrepentido más, en un extraviado buscándose eternamente afuera: por dentro, amargo y vacío; que mal no vive testimoniándolo y vanagloriándose de haber resurgido (de resurgir), más no por haberse encontrado, ¡no!, sino ¡gracias a Dios!, –lo grita eufórico, ido, tranzando en trance el perdón de su falta cada vez que la vuelve a cometer: recordándola–; o vive mal, con el cáncer de la culpa enquistado en la memoria y el arrepentimiento buscándose un sosiego tardío; el cáncer que al fin de cuentas ya empezó a matar a los dos: al arrepentido buscando el perdón que lo salve, borre y repinte su pasado con los colores de un milagro imposible, creído lo contrario, y al que mastica a conciencia la culpa recriminándose tarde con el “hubiera” irreversible, por el sabor amargo que le dejó lo que no hace tanto le pareció ¡también lo contrario!
Pero basta ya, dejémosle tarea al pensamiento con una objetividad distinta, menos fatigados y con una ociosidad más productiva, para que explore razonamientos propios y no persiga las letras de éstos míos, que libremente pudieran creerse conducen al final de a un razonado engaño, o con una intencionalidad oculta de convencimiento sustentado con elementos falsos, o de parecer precisos, acertados, suponerlos producto de la chiripa y creer que la historia del amigo aquel que tocó la flauta se volvió a repetir.
Razone los propios, por los vericuetos que sus principios consideren ciertos, atrévase a descubrir e ir deduciendo andado por las veredas internas que la inteligencia, el instinto o la imaginación le marquen.
Al final, si no terminamos maravillados por la coincidencia de las deducciones –al inicio aparentemente perdidas, distantes o distintas– en un mismo punto, seguramente la separación entre ambos no será tanta, ni impedimento para que nos dispongamos a escuchar un concierto magistral en sol mayor, con flauta dulce, pero no como el amigo aquel, sino ¡interpretado a conciencia!, ¡a dúo!: dulce como las ilusiones y no amargo como el pesar de ayer, pesar que en ese preciso instante, nos daremos cuenta, ya no tendrá sabor.
Y si por alguna razón la magia deductiva nos aleja del encuentro y del festejo, no significa que las rutas tomadas estén erradas, ¡no!, simplemente es que aun no es hora de que coincidan encontrándose: ¡y punto!
Ésta “impersonal” forma de comunicación le resta vuelo a cualquier susceptibilidad que se sienta, en sus principios “inculcados”, lastimada, a cualquier conclusión que no duerma, temprana, que se aferre a “su verdad” para imponerla, y le impide el replique sin pensar y a la carrera que solo conduce a la polémica; a la polémica infértil que deja un placer falso eructando vanidades ganadoras que se despiden gozándose, y decepciones perdedoras buscando justificarse (por lo que se dijo mal o no “muy claro”) generalmente tarde, innecesarias: ambas.
Le invito a que hagamos el ejercicio, desoxidemos al pensamiento tratando de encontrar, en esos vericuetos de los remordimientos por las culpas y disculpas, entre el acato lo impuesto o el creo e impongo lo mío, la media entre los dos: sin que sea condición el hacerlo o elegir cualquier opción entre los tres (no hacer nada es el tercero); bien se puede “seguir viviendo” sujetándose o copiando las que plazcan”.
¿Le place la significación de intrascendente?
¡A mí no!
Una actitud distinta en el “ahora”, un abrazo sincero, una sonrisa franca, una copa de vino que humedezca una plática que finge a la perfección haberse olvidado de la falta, no son solicitudes de disculpa: ¡son suficiente!
¿Le parece?
A propósito, y solo por “cortesía y educación”, y ¡que carajo!, ¡también por costumbre!, nomás venía a disculparme por mi temporal ausencia del Blog: ¡nomás a eso!…, y mire todo lo que salió.
Y más a propósito del ante-antepenúltimo párrafos: ¡Salud!
Publicado por Alfonso Díaz Ortega, en:
http://www.alfonsodiazortega.blogspot.com/
http://www.alfonsodiazortega.wordpress.com/
http://www.netvibes.com/alfonsodiazortega
http://alfonsodiazortega.spaces.live.com/blog/
Julio 14 de 2009.
Arrepentirse de la tardanza –o del no haber llegado–, ubican, al impuntual y al ex ausente, en una situación incómoda que le exige acuciar el ingenio para esgrimir una excusa, cierta o inventada, pero creíble: ambas; y al pensarla –cualquiera de las dos–, lo regresan, por un segundo al menos, a un pasado indeseable, penoso –a veces insoportable–, que ni la plegaria, –si lanzó alguna–, ni la disculpa solicitada, ¡lo cambian en nada!: el perdón negado u otorgado, ¡tampoco!; aunque la propia conciencia –incluso la social– lo exija para aligerarse la carga, simplemente porque siempre llegará tarde, ¡siempre!
A demás, a la conciencia se le engaña fácil con auto-justificaciones vanas y realidades inventadas, haciéndola sentirse ligera de culpas o libre de cargas: vacía de lastres; con el olvido conciente evadiendo realidades pasadas innecesariamente objetables; con la plegaria interminable, ferviente e incansable, buscando el equilibrio, la paz; con el arrepentimiento sincero y el perdón sentido recibido; con la magia de un elixir en medio de un esotérico ritual o en el éxtasis del misticismo de la meditación, que podrán transformar la percepción de la falta, la energía de la contrariedad, en paz: ¡pero nunca la esencia de lo que ya fue! Porque será imposible sacarlo –cambiarlo o transformarlo– de “ese otro lugar especial”, inaccesible a la voluntad y a salvo del hechizo del rezo, de la magia y del milagro; ¡afortunadamente!:
¡De la inconciencia imborrable!
Es ahí donde los hechos se tatúan para siempre, donde la lección reposa poco y se repasa pronto, donde las vicisitudes enseñan sin importar el tiempo que en aprenderles se tarde, donde el arrepentimiento es genuino, inolvidable, sin exhibirlo, sin hacer alarde; donde la disculpa asimismo llega en un tiempo preciso, nunca tarde; donde la consecuencia se graba: ¡donde se aprende!
Ya erguido o corvado, ya con pelo o sin este, negro, canoso o pintado; ya sano o enfermo rumbo al pozo: ¡pero se aprende!
Y el que sintió la falta como irrespeto, el que consideró despreciado su tiempo o el desesperado que se quedó esperando, el ofendido, si no reclama la disculpa, sí rumia la opción del desquite con la venganza, o lo hacen sentirse “moralmente” en ventaja para condicionar el compromiso siguiente.
Pero no lastimemos más a los “orgullos arrepentidos” (y el de los que esgrimen ofendidos el insulto) picando donde sabemos que duele; dejémosle tal acto a la inconciencia, a quien nunca se le termina el filo: la venganza jamás tendrá tanto.
Si la intención vengativa no existe, no nos ofendamos con la disculpa: pidiéndonosla y dándonosla.
Y de existir, autosugestionarse a tiempo –para no arrepentirse después– de que su sabor es dulce y no amargo: es necesario. Muchos, que evidencian su experiencia por los vericuetos de las celadas antiguas (y saldadas) “dicen” que lo es. Tragársela sin esa sugestión, arriesga al osado a convertirse en un arrepentido más, en un extraviado buscándose eternamente afuera: por dentro, amargo y vacío; que mal no vive testimoniándolo y vanagloriándose de haber resurgido (de resurgir), más no por haberse encontrado, ¡no!, sino ¡gracias a Dios!, –lo grita eufórico, ido, tranzando en trance el perdón de su falta cada vez que la vuelve a cometer: recordándola–; o vive mal, con el cáncer de la culpa enquistado en la memoria y el arrepentimiento buscándose un sosiego tardío; el cáncer que al fin de cuentas ya empezó a matar a los dos: al arrepentido buscando el perdón que lo salve, borre y repinte su pasado con los colores de un milagro imposible, creído lo contrario, y al que mastica a conciencia la culpa recriminándose tarde con el “hubiera” irreversible, por el sabor amargo que le dejó lo que no hace tanto le pareció ¡también lo contrario!
Pero basta ya, dejémosle tarea al pensamiento con una objetividad distinta, menos fatigados y con una ociosidad más productiva, para que explore razonamientos propios y no persiga las letras de éstos míos, que libremente pudieran creerse conducen al final de a un razonado engaño, o con una intencionalidad oculta de convencimiento sustentado con elementos falsos, o de parecer precisos, acertados, suponerlos producto de la chiripa y creer que la historia del amigo aquel que tocó la flauta se volvió a repetir.
Razone los propios, por los vericuetos que sus principios consideren ciertos, atrévase a descubrir e ir deduciendo andado por las veredas internas que la inteligencia, el instinto o la imaginación le marquen.
Al final, si no terminamos maravillados por la coincidencia de las deducciones –al inicio aparentemente perdidas, distantes o distintas– en un mismo punto, seguramente la separación entre ambos no será tanta, ni impedimento para que nos dispongamos a escuchar un concierto magistral en sol mayor, con flauta dulce, pero no como el amigo aquel, sino ¡interpretado a conciencia!, ¡a dúo!: dulce como las ilusiones y no amargo como el pesar de ayer, pesar que en ese preciso instante, nos daremos cuenta, ya no tendrá sabor.
Y si por alguna razón la magia deductiva nos aleja del encuentro y del festejo, no significa que las rutas tomadas estén erradas, ¡no!, simplemente es que aun no es hora de que coincidan encontrándose: ¡y punto!
Ésta “impersonal” forma de comunicación le resta vuelo a cualquier susceptibilidad que se sienta, en sus principios “inculcados”, lastimada, a cualquier conclusión que no duerma, temprana, que se aferre a “su verdad” para imponerla, y le impide el replique sin pensar y a la carrera que solo conduce a la polémica; a la polémica infértil que deja un placer falso eructando vanidades ganadoras que se despiden gozándose, y decepciones perdedoras buscando justificarse (por lo que se dijo mal o no “muy claro”) generalmente tarde, innecesarias: ambas.
Le invito a que hagamos el ejercicio, desoxidemos al pensamiento tratando de encontrar, en esos vericuetos de los remordimientos por las culpas y disculpas, entre el acato lo impuesto o el creo e impongo lo mío, la media entre los dos: sin que sea condición el hacerlo o elegir cualquier opción entre los tres (no hacer nada es el tercero); bien se puede “seguir viviendo” sujetándose o copiando las que plazcan”.
¿Le place la significación de intrascendente?
¡A mí no!
Una actitud distinta en el “ahora”, un abrazo sincero, una sonrisa franca, una copa de vino que humedezca una plática que finge a la perfección haberse olvidado de la falta, no son solicitudes de disculpa: ¡son suficiente!
¿Le parece?
A propósito, y solo por “cortesía y educación”, y ¡que carajo!, ¡también por costumbre!, nomás venía a disculparme por mi temporal ausencia del Blog: ¡nomás a eso!…, y mire todo lo que salió.
Y más a propósito del ante-antepenúltimo párrafos: ¡Salud!
Publicado por Alfonso Díaz Ortega, en:
http://www.alfonsodiazortega.blogspot.com/
http://www.alfonsodiazortega.wordpress.com/
http://www.netvibes.com/alfonsodiazortega
http://alfonsodiazortega.spaces.live.com/blog/
Julio 14 de 2009.