Cuatro temas sobre cuatro gritos totalmente disímbolos prorrogarán, para próximas publicaciones, los temas complementarios del ABORTO PERDONADO.
El primero, de aniversario, de actualidad tricolor y cíclico, ¡patriótico!, de lección de primaria repetida año con año, ¡de fiesta y desfile!: de pachanga histórica.
El grito de Independencia en Michoacán emulando al de Dolores Hidalgo, el primero; el segundo, de dolor por los heridos y muertos en el primero, finito, de sensación contraria al primero, creído interminable, eterno, con voz de lamento en vez de grito de festejo, que conforma la historia del espíritu que lo soporta y no como el primero que confirma una historia de cuento sin saberlo. El tercero lleno de ira, de odio y de rabia, de decesos desesperados de venganza, surgido del segundo, de maldición a los culpables, de deseos de muerte a quienes fueron. De desesperación, de impotencia e incertidumbre universal el cuarto, casi inaudible, por nada palpable o visible, por algo que no existe al inicio de exhalarse quedito o quedarse mudo, por algo que se percibe acercándose, que avanza cual fantasma, que nos enmudece y traspasa: no es un grito reciente, es un lamento añejo: en tono creciente.
El orden de aparición no implica graduación distinta en su sentir ni en su potencia, en su causa o su consecuencia: obedece al azar que me los fue dictando.
El primer grito incitado por una fiebre contagiosa y festiva, surgido de un coro convocado y multitudinario, obedeciendo a la influencia animosa de un orgullo patriótico lleno de emoción por la pirotecnia, el asueto, el desfile y la conmemoración; un grito que subyuga los sentidos, que desaparece al desánimo e invade de emoción al cuerpo, al pensamiento y al corazón: el de «¡viva México cabrones!».
El segundo, fuera del programa para el festejo, opuesto al nacido de la convocación, discordante y sin batuta de mando, que dispersa en el desorden, en el desconcierto inesperado y en el dolor a los convocados; menos numeroso que el primero, pero ciertamente más sincero, pues no lo incita la emoción del conjunto, lo provoca el dolor de la herida en el cuerpo; es el grito de despedida inesperada de la vida que se va sufriendo, de los cuerpos que caen heridos o muertos, después de la segunda campanada, por la explosión de unas granadas lanzadas por unos malditos, a los que el tercer grito de rabia les mienta la madre por lo que hicieron.
Y el último, más numeroso que todos los demás juntos, lo incita un panorama sombrío, un futuro incierto creado por la avaricia de muy pocos; infinidad de solos de impotencia, miedosos, apenados, silenciosos; son los gritos de la desesperación por lo que vaya a pasar o lo que está pasando que se jala los pelos, que desquicia a muchos, que suicida a otros, que empobrece a los ricos y enriquece más a “muy pocos”; gritan, gritan porque pierden, la mayoría todo, una minoría grita porque se quedará con menos, y quien no tiene nada pierde hasta la esperanza, hasta los sueños; son los gritos por la crisis financiera que transcribe las ilusiones del mañana, de los que no tienen más que ese capital ilusorio, sobre el papel sin valor de la desilusión, de la incertidumbre, de la desesperación; gritos vacíos de ilusiones, faltos de sentido, llenos de impotencia y desesperación que amenazan a la cordura con la sinrazón, llenos de deseos milagrosos, ¡imposibles de acción!; pura queja que no busca encontrar a la esperanza, solo ansían su respuesta, gritos tan ambiguos como su expresión: «¡puta madre!», y tan significativos. Solos que se ocultan tras la hipocresía inconsciente –por la costumbre de sufrirse– de una sonrisa de inmunidad, queriendo autosugestionarse de aparente fortaleza que íntimamente se reconoce falsa, y que se tarda un chingo en descubrirse no serlo.
El primer grito para celebrar el inicio de una independencia teórica, planeada por las mentes criollas que ambicionaban el poder, utilizando para ello el rencor acumulado por siglos y la sangre del pueblo sojuzgado para lograr tal fin.
El segundo, causado por la acción de otros que también ambicionan libertad de operación en sus ilícitos negocios, intimidando para ello al gobierno atacando y aterrorizando al indefenso pueblo, dañando a los descendientes de aquellos que hace doscientos años gritaron por primera vez ¡viva México!
El tercero, causado como reacción inmediata del segundo; de ira, de odio, de rabia que quiere seguir gozando de su “libertad” alterada, reclamando mayor seguridad; si los actores y autores hubieran sido atrapados en el acto, el pueblo enfebrecido los habría desmembrado en un acto más sanguinario que el cometido, buscando, no la justicia, sino satisfacer los deseos de venganza.
Y el cuarto, cíclico y en constante aumento, causado por un error de la codicia especulativa de unos cuantos que serán rescatados con dinero del pueblo; de ese pueblo al que le han embargado hasta las ilusiones y los sueños, restringiéndole cada vez más aquella independencia teórica, orgullosamente cantada y recordada en el primer grito. Pueblo “independiente” explotado de sol a sol, esclavizando hasta la vejez a un solo proveedor para sostener familias de doce, hace doscientos años, a ocho horas después para alimentar familias de ocho, y hace menos, para medio sobrevivir familias de cuatro, trabajan dos en dos empleos distintos cada quien. Hace doscientos años intercambiaban la fuerza del trabajo por comida en las tiendas de raya, ahora la obtienen fiada, y apenas les alcanza, obligados a vivir de prestado a un interés exagerado impuesto por el “libre mercado”, comprometiendo con ello lo que recibirán de aguinaldo: mañana; ahora la incertidumbre causada por la codicia sin límite del especulador, les extrae ese significativo cuarto grito, el de ¡puta madre!
El pueblo ansía la libertad y la independencia sin demasiados compromisos, y de serle posible, sin responsabilidad; exige garantías en la impartición de la justicia, mayor seguridad, un vivir mejor, un tener más con menor esfuerzo, y de serle posible, sin éste.
El líder político codicia el poder público, y más los beneficios que de éste se obtienen por la desatención del pueblo, distraído con gritos de festejo, días de asueto, vales de despensa y becas para cursos a micro emprendedores hambrientos y humildes: que pasado un razonable tiempo emprenden, no un “changarro”, sino rumbo al norte.
El especulador codicia el poder que otorga acrecentar fortunas sin mediar escrúpulos, para mantener, si su avaricia mengua como su fuerza en la vejez, descendencias infinitas viviendo en la opulencia durante siglos a costa del esfuerzo y la miseria de los explotados, obsequiándoles año con año, en un soberbio, filantrópico y aplaudido evento, “caridades” dignas de difusión nacional.
El que causó el segundo grito, ansía exactamente lo mismo.
Extraño círculo que la codicia cierra y encierra a los inconformes, (casi a todos). Conformarse con lo menos es poseer una oración secreta para dominar al instinto de progresar (o carecer de aspiraciones: o de una oportunidad), ¡imposible!; el instinto dicta superarse, progresar: la competencia, la codicia y la práctica común de la deshonestidad le suman «¡a como de lugar!»; aspirar con medida es limitar la capacidad de lograr más: y no conozco a nadie.
Que la aspiración honesta, la dedicación permanente, la distribución equitativa de los beneficios alcanzados, rijan y distingan nuestro esfuerzo y le cambien de nombre a la ambición por el de aspiración de progresar, siempre obedientes a la ley natural e instintiva del hombre; sin obsesiones ni abusos que degraden la digna lucha por la supervivencia, y que la variedad de gritos opuestos sean por los golpes recibidos en los intentos de lograrlo, necesarios para reforzar al espíritu y las intenciones: gritos y experiencias dulces o amargas, de dicha o tristeza, de coraje o dolor, sin los cuales la vida no tendría significado ni valor.
Talvez las huellas de éstas letras, no posean el mitigador efecto de un rezo, mas sí la magia de causar un similar efecto: acaso he largado una suposición certera.
La naturaleza tiene la facultad de mostrarnos ¡y demostrarnos!, que somos insignificantes, pero también nos otorga la libertad de suponernos lo máximo, y nos obsequia, por consideración, la capacidad de consolarnos en los tropiezos, o ante las metas que tardan demasiado en alcanzarse.
Que la codicia y el egoísmo no haga sentirnos diferentes abusando de los que creemos son más pendejos o distintos, la osadía, y no el arrepentimiento tardío, cobrará en su momento la afrenta.
Publicado por Alfonso Díaz Ortega en:
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Octubre’08 del 2008.
El primero, de aniversario, de actualidad tricolor y cíclico, ¡patriótico!, de lección de primaria repetida año con año, ¡de fiesta y desfile!: de pachanga histórica.
El grito de Independencia en Michoacán emulando al de Dolores Hidalgo, el primero; el segundo, de dolor por los heridos y muertos en el primero, finito, de sensación contraria al primero, creído interminable, eterno, con voz de lamento en vez de grito de festejo, que conforma la historia del espíritu que lo soporta y no como el primero que confirma una historia de cuento sin saberlo. El tercero lleno de ira, de odio y de rabia, de decesos desesperados de venganza, surgido del segundo, de maldición a los culpables, de deseos de muerte a quienes fueron. De desesperación, de impotencia e incertidumbre universal el cuarto, casi inaudible, por nada palpable o visible, por algo que no existe al inicio de exhalarse quedito o quedarse mudo, por algo que se percibe acercándose, que avanza cual fantasma, que nos enmudece y traspasa: no es un grito reciente, es un lamento añejo: en tono creciente.
El orden de aparición no implica graduación distinta en su sentir ni en su potencia, en su causa o su consecuencia: obedece al azar que me los fue dictando.
El primer grito incitado por una fiebre contagiosa y festiva, surgido de un coro convocado y multitudinario, obedeciendo a la influencia animosa de un orgullo patriótico lleno de emoción por la pirotecnia, el asueto, el desfile y la conmemoración; un grito que subyuga los sentidos, que desaparece al desánimo e invade de emoción al cuerpo, al pensamiento y al corazón: el de «¡viva México cabrones!».
El segundo, fuera del programa para el festejo, opuesto al nacido de la convocación, discordante y sin batuta de mando, que dispersa en el desorden, en el desconcierto inesperado y en el dolor a los convocados; menos numeroso que el primero, pero ciertamente más sincero, pues no lo incita la emoción del conjunto, lo provoca el dolor de la herida en el cuerpo; es el grito de despedida inesperada de la vida que se va sufriendo, de los cuerpos que caen heridos o muertos, después de la segunda campanada, por la explosión de unas granadas lanzadas por unos malditos, a los que el tercer grito de rabia les mienta la madre por lo que hicieron.
Y el último, más numeroso que todos los demás juntos, lo incita un panorama sombrío, un futuro incierto creado por la avaricia de muy pocos; infinidad de solos de impotencia, miedosos, apenados, silenciosos; son los gritos de la desesperación por lo que vaya a pasar o lo que está pasando que se jala los pelos, que desquicia a muchos, que suicida a otros, que empobrece a los ricos y enriquece más a “muy pocos”; gritan, gritan porque pierden, la mayoría todo, una minoría grita porque se quedará con menos, y quien no tiene nada pierde hasta la esperanza, hasta los sueños; son los gritos por la crisis financiera que transcribe las ilusiones del mañana, de los que no tienen más que ese capital ilusorio, sobre el papel sin valor de la desilusión, de la incertidumbre, de la desesperación; gritos vacíos de ilusiones, faltos de sentido, llenos de impotencia y desesperación que amenazan a la cordura con la sinrazón, llenos de deseos milagrosos, ¡imposibles de acción!; pura queja que no busca encontrar a la esperanza, solo ansían su respuesta, gritos tan ambiguos como su expresión: «¡puta madre!», y tan significativos. Solos que se ocultan tras la hipocresía inconsciente –por la costumbre de sufrirse– de una sonrisa de inmunidad, queriendo autosugestionarse de aparente fortaleza que íntimamente se reconoce falsa, y que se tarda un chingo en descubrirse no serlo.
El primer grito para celebrar el inicio de una independencia teórica, planeada por las mentes criollas que ambicionaban el poder, utilizando para ello el rencor acumulado por siglos y la sangre del pueblo sojuzgado para lograr tal fin.
El segundo, causado por la acción de otros que también ambicionan libertad de operación en sus ilícitos negocios, intimidando para ello al gobierno atacando y aterrorizando al indefenso pueblo, dañando a los descendientes de aquellos que hace doscientos años gritaron por primera vez ¡viva México!
El tercero, causado como reacción inmediata del segundo; de ira, de odio, de rabia que quiere seguir gozando de su “libertad” alterada, reclamando mayor seguridad; si los actores y autores hubieran sido atrapados en el acto, el pueblo enfebrecido los habría desmembrado en un acto más sanguinario que el cometido, buscando, no la justicia, sino satisfacer los deseos de venganza.
Y el cuarto, cíclico y en constante aumento, causado por un error de la codicia especulativa de unos cuantos que serán rescatados con dinero del pueblo; de ese pueblo al que le han embargado hasta las ilusiones y los sueños, restringiéndole cada vez más aquella independencia teórica, orgullosamente cantada y recordada en el primer grito. Pueblo “independiente” explotado de sol a sol, esclavizando hasta la vejez a un solo proveedor para sostener familias de doce, hace doscientos años, a ocho horas después para alimentar familias de ocho, y hace menos, para medio sobrevivir familias de cuatro, trabajan dos en dos empleos distintos cada quien. Hace doscientos años intercambiaban la fuerza del trabajo por comida en las tiendas de raya, ahora la obtienen fiada, y apenas les alcanza, obligados a vivir de prestado a un interés exagerado impuesto por el “libre mercado”, comprometiendo con ello lo que recibirán de aguinaldo: mañana; ahora la incertidumbre causada por la codicia sin límite del especulador, les extrae ese significativo cuarto grito, el de ¡puta madre!
El pueblo ansía la libertad y la independencia sin demasiados compromisos, y de serle posible, sin responsabilidad; exige garantías en la impartición de la justicia, mayor seguridad, un vivir mejor, un tener más con menor esfuerzo, y de serle posible, sin éste.
El líder político codicia el poder público, y más los beneficios que de éste se obtienen por la desatención del pueblo, distraído con gritos de festejo, días de asueto, vales de despensa y becas para cursos a micro emprendedores hambrientos y humildes: que pasado un razonable tiempo emprenden, no un “changarro”, sino rumbo al norte.
El especulador codicia el poder que otorga acrecentar fortunas sin mediar escrúpulos, para mantener, si su avaricia mengua como su fuerza en la vejez, descendencias infinitas viviendo en la opulencia durante siglos a costa del esfuerzo y la miseria de los explotados, obsequiándoles año con año, en un soberbio, filantrópico y aplaudido evento, “caridades” dignas de difusión nacional.
El que causó el segundo grito, ansía exactamente lo mismo.
Extraño círculo que la codicia cierra y encierra a los inconformes, (casi a todos). Conformarse con lo menos es poseer una oración secreta para dominar al instinto de progresar (o carecer de aspiraciones: o de una oportunidad), ¡imposible!; el instinto dicta superarse, progresar: la competencia, la codicia y la práctica común de la deshonestidad le suman «¡a como de lugar!»; aspirar con medida es limitar la capacidad de lograr más: y no conozco a nadie.
Que la aspiración honesta, la dedicación permanente, la distribución equitativa de los beneficios alcanzados, rijan y distingan nuestro esfuerzo y le cambien de nombre a la ambición por el de aspiración de progresar, siempre obedientes a la ley natural e instintiva del hombre; sin obsesiones ni abusos que degraden la digna lucha por la supervivencia, y que la variedad de gritos opuestos sean por los golpes recibidos en los intentos de lograrlo, necesarios para reforzar al espíritu y las intenciones: gritos y experiencias dulces o amargas, de dicha o tristeza, de coraje o dolor, sin los cuales la vida no tendría significado ni valor.
Talvez las huellas de éstas letras, no posean el mitigador efecto de un rezo, mas sí la magia de causar un similar efecto: acaso he largado una suposición certera.
La naturaleza tiene la facultad de mostrarnos ¡y demostrarnos!, que somos insignificantes, pero también nos otorga la libertad de suponernos lo máximo, y nos obsequia, por consideración, la capacidad de consolarnos en los tropiezos, o ante las metas que tardan demasiado en alcanzarse.
Que la codicia y el egoísmo no haga sentirnos diferentes abusando de los que creemos son más pendejos o distintos, la osadía, y no el arrepentimiento tardío, cobrará en su momento la afrenta.
Publicado por Alfonso Díaz Ortega en:
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Octubre’08 del 2008.