La polémica que causa el cacareo –generalmente chocante de sabiduría falsa basada en díceres de una costumbre “sospechosamente” inducida, o de un fanatismo evidenciado falto de razonamiento– de opiniones radicales, aquellas que vierten, con ingenuidad poco creíble e intencionalidad notoria de hacerse distinguir lo suficiente y de imponerse, pensamientos, deducciones o conclusiones enarboladas como verdades universales y no como lo que realmente son: “juicios personales”. Las polémicas enfrascada en un coro discordante interpretado por los sectores opinantes que piensan menos y aportan nada, –excepto ruido partidista–, que desvaloran sin más el posible contenido de verdad en la opinión contraria, simplemente por serlo; si tal fuera mi intención, seguramente sería esta publicación motivo de una ruidosa y airada ola de opiniones contrarias, tan radicales o más como sería la mía, (atractiva tentación para las codiciosas estadísticas: saturado estaría el espacio de los comentarios, y más el ego de saberse “dizque leído”); mas, lejos de acarrearme polémicas inútiles, (con seso o sin este, aportan lo mismo, al fin polémicas), infértiles, y más “tendencioso” a incitar opiniones inteligentes, le sugiero e invito a reflexionar y analizar el tema, sin polemizarlo (esperando le sea posible), éste merece su atención, y no su autor: El Aborto Perdonado.
Participe opinando –o recapacitando–, dentro de las libertades y atrevimientos que “le permitan” sus susceptibilidades. Si los argumentos aquí vertidos “los supone” una piedra de tropiezo para sus principios o su fe, no la evada, posiblemente pueda “pulverizarla” con la fuerza de su inteligente argumentación: y ya hecha “polvito” sea más entendible para quien no lo era o no lo fue, y así, cada quien construya, con esos granos de conocimiento, su propia roca donde fincará sus principios, con los que corregirá su rumbo, justificará o reforzará su fe. Talvez algún día, dicho cimiento llegue a ser indestructible y ya no el reciclaje del razonamiento actualizándose: (o la fuerza de la conveniencia: imponiéndose).
Atisbemos y analicemos el tema desde tres montículos fundamentales, bastante distantes entre si: (muchas veces).
1. Desde La fe.
2. Desde La Sociedad.
3. Desde La Familia.
En esta publicación abordaré el tema desarrollando solo el primer punto, y en subsecuentes publicaciones, los restantes.
1. Desde La Fe: sensible, bastante; con “cierta percepción” de desinterés.
1.1. «No matarás», sentencia un mandamiento.
1.2. «Ama a tu prójimo como a ti mismo», enuncia a otros.
Dejar morir al prójimo, evidentemente no es matarlo, tampoco es una “mínima demostración de amor”, pero… ¿Cómo conciliar las anteriores órdenes con la negación o aceptación de un aborto necesario?
1.3. «Ni uno de los pájaros caerá a la tierra sin la Voluntad de vuestro Padre […]». (Mateo 10:29-31).
Con la anterior cita ¿se libera de la culpa a testigos y actores?, (suponiendo que la decisión haya sido tomada por dos y atestiguada por críticos mirones)…; extraño: incomprensible. Si se ordena “obedecer” sentenciando la desobediencia con el fuego eterno, y además se advierte que nada sucederá sin la voluntad del Padre…, significa, (sin deducciones fantasticas), que el matar o no matar, el odiar o el amar a los hijos nacidos, por nacer o no nacidos (o al prójimo), no podrá llevarse ¡jamás!, a efecto ¡sin la voluntad del Señor!
¿Y el obsequio “extra” del libre albedrío?, ¿más contradictorio?: antes de airearnos la calentura (de evidenciarnos susceptibles) con una respuesta más “defensiva” que razonada, pensémoslo: pensémoslo.
Si nada ha de acontecer –según clarísimo dictado– sin la voluntad de Dios, ¡bien para quien lo crea y lo utilice como excusa!, citas bíblicas sobrarán para tal efecto: si así se ven, se sienten o se viven; como también íntimamente se reconocerá, con simulada ingenuidad o falsas ignorancia, que existen muchas tantas que condenan por lo mismo. Pero, ¿a cual apegarse más sin separarse demasiado de Dios?: eso es cosa del tamaño del morral de culpas que se carga cada quien, (y la conveniencia de regirse por aquellas que “disminuyan” el temor a la condena prometida y justifiquen el proceder), supongo; y tal justificada auto-identificación “a conveniencia”, define, en un aspecto conceptual no limitante, a la verdadera personalidad (la interior) y las posibles fronteras de sus atrevimientos, incluso las extralimitadas con exceso, generalmente compatible y compartible, por simple similitud de temores, faltas y coincidencia con la generalidad generacional; inocultables para quien, desde el principio, todo lo sabe.
«Tu no fuiste un error porque todos tus días están escritos en mi libro». (Salmos 139:15).
«Todos tus caminos me son conocidos». (Salmos 139:3)
«Porque yo soy el que produjo tus deseos». (Filipenses 2:13).
«Os digo: Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres […]». (Mateo 12:31).
«No hay ninguna falta, por grave que sea, que la Iglesia no pueda perdonar». (p. 285, #982, Catecismo).
¿Habrá citas más directas y precisas?: seguramente.
¿Y qué con el “pecado” del Aborto?, parece ser clarísimo, por grave que sea (o parezca ser), que por la misericordia infinita de Dios, será perdonado (previo ceremonial del arrepentimiento): qué más decir.
El incremento exponencial en el número de abortos es una realidad, y esto significa que en todas las épocas de la humanidad han existido, en su proporcional medida; en la antigüedad, los hechos eran borrados de las estadísticas y callados por el castigo del machismo, de la marginación y la discreción, y el lamento de los fetos, que provocaban la vergüenza y recordaban la deshonra, ahogados con la cobija del silencio forzado. Ahora, al aborto, lo cubre, desde el punto de vista de cualquier generación anterior, el manto transparente del libertinaje y no el recato de la libertad, el velo mosquitero de la desvergüenza que desvalora a la honra; y desde la visión de los hombres de la fe, es causa de la ausencia total de Dios de los corazones de quienes lo practican. Sin embargo, tal acción está sustentada en el irrefutable ejercicio libre del derecho de decidir de cada quien, sin temor a condenas divinas, pues la misericordia de Dios (según sus dictados) protege, a cualquier pecador, con la posibilidad de su infinito perdón: los hombre, en la práctica de su fe, por más Santos que sean considerados, no poseen facultad alguna para condenarlo o perdonarlo, solo Dios, quien sí puede ver en el corazón de los hombres la sinceridad del arrepentimiento (pienso); como tampoco yo poseo, ahora, la facultada para demostrarlo, ni para considerarlo un imposible.
La ansiedad de una precocidad natural de los instintos –idéntica durante toda la existencia de la humanidad– en desacuerdo de contenerse y de ser regida por la imposición de una disciplina que ya no corresponde a su época, y gracias a su “mayor” libertad de decidir por si misma, exactamente igual que aquella que tanto la critica, y que en su momento hizo lo mismo, revelándose en su proporcional medida, margen de libertad y de castigo, da el paso a la experiencia de los placeres de la carne, cada vez a edades más tempranas, (las mismas antiguas edades casaderas, pero ahora sin casarse y perdiendo la oportunidad de “cubrir la falta”), o sin “las precauciones” condenables por los hombres de la fe, exponiéndose, sin miedo, a las consecuencias, a los juicios y rechazos: total, el aborto camufla a la honra, manchada por el desliz, para vivir en medio de un mundo moteado de deshonra y perversión. El mismo mundo que durante dos mil años de predominio, la fe no ha podido corregir: y la omnipotencia de Dios tampoco lo ha querido (supongo). Misterio divino, seguramente se me querrá corregir.
Queda claro, no es el castigo o la marginación, no son los derechos o la libertad, no es la fe ni sus condenas, no son las advertencias dictadas que condenan y salvan, los que harán disminuir y desaparecer el acto de abortar, la historia lo demuestra: es, definitivamente, el amor a la maternidad; y éste amor no obedece a caprichos, normas, leyes, costumbres, machismos o dogmas, obedece al instinto: indescifrable, misterioso, aún.
Toda pretensión de querer forzosamente encontrar una interpretación distinta a lo literalmente explícito, es solo eso, una pretensión innecesaria, que de encontrarse, será en el riesgoso terreno de la personalización del interprete, pero bajo ninguna circunstancia deberá imponerse sobre los “dictados” del Señor (afirmo, no supongo): seguramente Dios no lo permitirá (esto, ante las evidencias, lo aventuro).
No existe ciencia que descubra y estudie los misterios divinos, estos, –pienso, y aclaro, sin pretender sea tomado como juicio universal, y sin dudar nada en que debería serlo–, son indescifrables e inaccesibles (de existir, y creer en ellos) para el ser humano, y si “algunos” se atreven a asegurar que descubrieron su magia gracias a una filosofía inventada para tal propósito, o a una “iluminación divina”, entonces, definitivamente los misterios de Dios o no son “realmente indescifrables, ni misterios”, o son (los pretenciosos sabios) unos genios visionarios de dulce aspecto, magnánima actitud y maravillosas intenciones, equiparables al mismo Dios: lo cual creo ¡imposible!, como también en la alta posibilidad de que coincidirá Usted conmigo, (sigo creyendo).
Y antes de que la víscera aborte una opinión prematura, inconclusa de pensarse, démosle al buen juicio la oportunidad de completarse la opinión, y la alumbre, en su justo momento, en un acto iluminado con prudente inteligencia. Atemperemos los ímpetus (si la susceptibilidad se sintió aludida o incómoda por lo aquí dicho), y dejemos el tema, no inconcluso, sino reposando y fermentándose en la inteligencia de los hombres sabios, para abordarlo con invariable intensidad en la siguiente publicación, pero visto ahora desde el segundo montículo: Desde la Sociedad.
«La honestidad es una virtud, aunque su manifestación lastime […]; la opinión prudente, corre el riesgo de ser expresada incompleta para no ofender o lastimar, y eso le resta sinceridad, y el hombre que no es sincero, difícilmente podrá jactarse de ser honesto […]». ¹
Vierta su opinión con sinceridad y sin temor de “incomodar”, y evíteme buscar en el diccionario el significado de la palabra “hipocresía”. Sugiérales visitar éste blog a sus amigos, si acaso algún valor le otorga a su contenido, si no, sinceramente “sugiérales” no asomarse por aquí, mas jamás imponiéndose: respetemos “honestamente” la libertad de decidir de cada quien.
Publicado por Alfonso Díaz Ortega en:
http://www.alfonsodiazortega.blogspot.com
http://www.alfonsodiazortega.wordpress.com
http://www.netvibes.com/ALFONSODIAZORTEGA
Septiembre’06 del 2008.
¹ Honestidad, ¿hipócrita por piedad?
Alfonso Díaz Ortega
Todos los derechos reservados ®
Participe opinando –o recapacitando–, dentro de las libertades y atrevimientos que “le permitan” sus susceptibilidades. Si los argumentos aquí vertidos “los supone” una piedra de tropiezo para sus principios o su fe, no la evada, posiblemente pueda “pulverizarla” con la fuerza de su inteligente argumentación: y ya hecha “polvito” sea más entendible para quien no lo era o no lo fue, y así, cada quien construya, con esos granos de conocimiento, su propia roca donde fincará sus principios, con los que corregirá su rumbo, justificará o reforzará su fe. Talvez algún día, dicho cimiento llegue a ser indestructible y ya no el reciclaje del razonamiento actualizándose: (o la fuerza de la conveniencia: imponiéndose).
Atisbemos y analicemos el tema desde tres montículos fundamentales, bastante distantes entre si: (muchas veces).
1. Desde La fe.
2. Desde La Sociedad.
3. Desde La Familia.
En esta publicación abordaré el tema desarrollando solo el primer punto, y en subsecuentes publicaciones, los restantes.
1. Desde La Fe: sensible, bastante; con “cierta percepción” de desinterés.
1.1. «No matarás», sentencia un mandamiento.
1.2. «Ama a tu prójimo como a ti mismo», enuncia a otros.
Dejar morir al prójimo, evidentemente no es matarlo, tampoco es una “mínima demostración de amor”, pero… ¿Cómo conciliar las anteriores órdenes con la negación o aceptación de un aborto necesario?
1.3. «Ni uno de los pájaros caerá a la tierra sin la Voluntad de vuestro Padre […]». (Mateo 10:29-31).
Con la anterior cita ¿se libera de la culpa a testigos y actores?, (suponiendo que la decisión haya sido tomada por dos y atestiguada por críticos mirones)…; extraño: incomprensible. Si se ordena “obedecer” sentenciando la desobediencia con el fuego eterno, y además se advierte que nada sucederá sin la voluntad del Padre…, significa, (sin deducciones fantasticas), que el matar o no matar, el odiar o el amar a los hijos nacidos, por nacer o no nacidos (o al prójimo), no podrá llevarse ¡jamás!, a efecto ¡sin la voluntad del Señor!
¿Y el obsequio “extra” del libre albedrío?, ¿más contradictorio?: antes de airearnos la calentura (de evidenciarnos susceptibles) con una respuesta más “defensiva” que razonada, pensémoslo: pensémoslo.
Si nada ha de acontecer –según clarísimo dictado– sin la voluntad de Dios, ¡bien para quien lo crea y lo utilice como excusa!, citas bíblicas sobrarán para tal efecto: si así se ven, se sienten o se viven; como también íntimamente se reconocerá, con simulada ingenuidad o falsas ignorancia, que existen muchas tantas que condenan por lo mismo. Pero, ¿a cual apegarse más sin separarse demasiado de Dios?: eso es cosa del tamaño del morral de culpas que se carga cada quien, (y la conveniencia de regirse por aquellas que “disminuyan” el temor a la condena prometida y justifiquen el proceder), supongo; y tal justificada auto-identificación “a conveniencia”, define, en un aspecto conceptual no limitante, a la verdadera personalidad (la interior) y las posibles fronteras de sus atrevimientos, incluso las extralimitadas con exceso, generalmente compatible y compartible, por simple similitud de temores, faltas y coincidencia con la generalidad generacional; inocultables para quien, desde el principio, todo lo sabe.
«Tu no fuiste un error porque todos tus días están escritos en mi libro». (Salmos 139:15).
«Todos tus caminos me son conocidos». (Salmos 139:3)
«Porque yo soy el que produjo tus deseos». (Filipenses 2:13).
«Os digo: Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres […]». (Mateo 12:31).
«No hay ninguna falta, por grave que sea, que la Iglesia no pueda perdonar». (p. 285, #982, Catecismo).
¿Habrá citas más directas y precisas?: seguramente.
¿Y qué con el “pecado” del Aborto?, parece ser clarísimo, por grave que sea (o parezca ser), que por la misericordia infinita de Dios, será perdonado (previo ceremonial del arrepentimiento): qué más decir.
El incremento exponencial en el número de abortos es una realidad, y esto significa que en todas las épocas de la humanidad han existido, en su proporcional medida; en la antigüedad, los hechos eran borrados de las estadísticas y callados por el castigo del machismo, de la marginación y la discreción, y el lamento de los fetos, que provocaban la vergüenza y recordaban la deshonra, ahogados con la cobija del silencio forzado. Ahora, al aborto, lo cubre, desde el punto de vista de cualquier generación anterior, el manto transparente del libertinaje y no el recato de la libertad, el velo mosquitero de la desvergüenza que desvalora a la honra; y desde la visión de los hombres de la fe, es causa de la ausencia total de Dios de los corazones de quienes lo practican. Sin embargo, tal acción está sustentada en el irrefutable ejercicio libre del derecho de decidir de cada quien, sin temor a condenas divinas, pues la misericordia de Dios (según sus dictados) protege, a cualquier pecador, con la posibilidad de su infinito perdón: los hombre, en la práctica de su fe, por más Santos que sean considerados, no poseen facultad alguna para condenarlo o perdonarlo, solo Dios, quien sí puede ver en el corazón de los hombres la sinceridad del arrepentimiento (pienso); como tampoco yo poseo, ahora, la facultada para demostrarlo, ni para considerarlo un imposible.
La ansiedad de una precocidad natural de los instintos –idéntica durante toda la existencia de la humanidad– en desacuerdo de contenerse y de ser regida por la imposición de una disciplina que ya no corresponde a su época, y gracias a su “mayor” libertad de decidir por si misma, exactamente igual que aquella que tanto la critica, y que en su momento hizo lo mismo, revelándose en su proporcional medida, margen de libertad y de castigo, da el paso a la experiencia de los placeres de la carne, cada vez a edades más tempranas, (las mismas antiguas edades casaderas, pero ahora sin casarse y perdiendo la oportunidad de “cubrir la falta”), o sin “las precauciones” condenables por los hombres de la fe, exponiéndose, sin miedo, a las consecuencias, a los juicios y rechazos: total, el aborto camufla a la honra, manchada por el desliz, para vivir en medio de un mundo moteado de deshonra y perversión. El mismo mundo que durante dos mil años de predominio, la fe no ha podido corregir: y la omnipotencia de Dios tampoco lo ha querido (supongo). Misterio divino, seguramente se me querrá corregir.
Queda claro, no es el castigo o la marginación, no son los derechos o la libertad, no es la fe ni sus condenas, no son las advertencias dictadas que condenan y salvan, los que harán disminuir y desaparecer el acto de abortar, la historia lo demuestra: es, definitivamente, el amor a la maternidad; y éste amor no obedece a caprichos, normas, leyes, costumbres, machismos o dogmas, obedece al instinto: indescifrable, misterioso, aún.
Toda pretensión de querer forzosamente encontrar una interpretación distinta a lo literalmente explícito, es solo eso, una pretensión innecesaria, que de encontrarse, será en el riesgoso terreno de la personalización del interprete, pero bajo ninguna circunstancia deberá imponerse sobre los “dictados” del Señor (afirmo, no supongo): seguramente Dios no lo permitirá (esto, ante las evidencias, lo aventuro).
No existe ciencia que descubra y estudie los misterios divinos, estos, –pienso, y aclaro, sin pretender sea tomado como juicio universal, y sin dudar nada en que debería serlo–, son indescifrables e inaccesibles (de existir, y creer en ellos) para el ser humano, y si “algunos” se atreven a asegurar que descubrieron su magia gracias a una filosofía inventada para tal propósito, o a una “iluminación divina”, entonces, definitivamente los misterios de Dios o no son “realmente indescifrables, ni misterios”, o son (los pretenciosos sabios) unos genios visionarios de dulce aspecto, magnánima actitud y maravillosas intenciones, equiparables al mismo Dios: lo cual creo ¡imposible!, como también en la alta posibilidad de que coincidirá Usted conmigo, (sigo creyendo).
Y antes de que la víscera aborte una opinión prematura, inconclusa de pensarse, démosle al buen juicio la oportunidad de completarse la opinión, y la alumbre, en su justo momento, en un acto iluminado con prudente inteligencia. Atemperemos los ímpetus (si la susceptibilidad se sintió aludida o incómoda por lo aquí dicho), y dejemos el tema, no inconcluso, sino reposando y fermentándose en la inteligencia de los hombres sabios, para abordarlo con invariable intensidad en la siguiente publicación, pero visto ahora desde el segundo montículo: Desde la Sociedad.
«La honestidad es una virtud, aunque su manifestación lastime […]; la opinión prudente, corre el riesgo de ser expresada incompleta para no ofender o lastimar, y eso le resta sinceridad, y el hombre que no es sincero, difícilmente podrá jactarse de ser honesto […]». ¹
Vierta su opinión con sinceridad y sin temor de “incomodar”, y evíteme buscar en el diccionario el significado de la palabra “hipocresía”. Sugiérales visitar éste blog a sus amigos, si acaso algún valor le otorga a su contenido, si no, sinceramente “sugiérales” no asomarse por aquí, mas jamás imponiéndose: respetemos “honestamente” la libertad de decidir de cada quien.
Publicado por Alfonso Díaz Ortega en:
http://www.alfonsodiazortega.blogspot.com
http://www.alfonsodiazortega.wordpress.com
http://www.netvibes.com/ALFONSODIAZORTEGA
Septiembre’06 del 2008.
¹ Honestidad, ¿hipócrita por piedad?
Alfonso Díaz Ortega
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