domingo, 10 de agosto de 2008

CARIDAD

El servir, el dar o el socorrer, siempre dentro de las posibilidades, es un acto solidario instintivo, ¡humanitario!, de ahí ese “disgusto interior” (cargo de conciencia, le llaman algunos) cuando la solicitud de socorro o ayuda escapa a nuestra capacidad, la negamos o la escondemos tras la justificación del “no deber dar el pez”, sino “enseñar a pescar”.

La gratificación de la virtud del auxiliar, del compartir o del dar, –sea esto el hombro solicitado para recargar un gemido, la sonrisa solidaria en la carcajada festiva, el abrazo sincero para transmitirle fuerza a la debilidad y ayudarle a soportar la emoción que doblega, el aliento necesario en el desaliento ajeno, el espacio discreto para las confesiones espontáneas; la luz solicitada a gritos por la ignorancia; el cuerpo como bastón para atenuar el trastabillar de los viejos, el segundo de atención para escuchar los recuerdos sepia de los abuelos. El dar la moneda que baila, olvidada en el bolsillo, a la mano extendida de un cuerpo con rostro de necesidad, aparentemente hambriento; obsequiar el costo derrochado en esa porción de comida que nos sobra y que comúnmente damos a los perros, o que, en menor beneficio y mayor perjuicio, echamos al drenaje por el fregadero, o con más suerte es pepenado de las bolsas de basura por el Hambre que se pelea con el hambre de los callejeros perros; regalar los abrigos olvidados en el closet de las modas antiguas para los que tienen frío–; sea una caridad en monedas, abrigo, apoyo moral, alimento (aunque sea un pez), la felicidad y el amor, es la satisfacción de ser solidario con el Hermano en su necesidad, es la certeza de cumplir con una responsabilidad moral y con una reacción instintiva, humanitaria, que se conduele ¡por instinto!, de la desgracia ajena; que comparte la dicha con la desdicha, –y no a la inversa–, buscando impedir el nacimiento de la impotencia, de la decepción y de la lástima, que matan al espíritu de los desesperados encerrados en el claustro del olvidado: innecesarias y absurdas, pero que la necesidad insatisfecha ha engendrado: (o la especulación, por el alto valor de dominar y controlar así a las masas hambrientas, ¿qué sería de los “grandes líderes” si las masas no tuvieran ninguna necesidad?, ¿que causas liderarían?, ¿qué “necesidad” tendría su existencia?).

El auxiliar, el compartir y el dar, ¡jamás se deben condicionar!, si es así, entonces estamos imperializando nuestra capacidad de satisfacer la necesidad, sino directamente solicitada, ¡siempre percibida! El mal uso de la ayuda brindada es responsabilidad de quien la recibe, allá él con sus faltas que no debo de juzgar, acá yo con las mías. ¿Quién soy para hacerlo?, acaso un mejor afortunado que él: (hasta hoy, y, ¿mañana?).

Evitemos convertirnos en “Maestros” de pescadores, y descubramos tarde que lo único que estuvimos haciendo “durante el dictado de las clases” fue pescar halagos y sembrar gratitudes para nuestro propio fin.

Los creyentes saben que ¡Maestro hay uno, y sobra!: no se le imite mal.

Que se dirá, al entregar las cuentas, al contador de sus actos, en el paraíso, cuando los condene por incumplidos a su palabra, como lo advierte en uno de sus libros: «Por que tuve sed y no me diste de beber, porque tuve hambre y no me diste de comer…».

–¡Señor…! ¿¡Te enseñé a pescar…!?


Publicado por Alfonso Díaz Ortega en:
http://www.alfonsodiazortega.blogspot.com/
http://www.alfonsodiazortega.wordpress.com/
Agosto de 2008.

HERMANOS

Después de una dieta única, –sin la exquisitez posible que le daría la existencia de otra opción, mas con el sabor inigualable de la gratitud por su existencia–, durante once días nada más, –cuarenta años, ¡imposible!–, comimos nueces y naranjas que “llovían” de un nogal y unos naranjos ajenos sembrados en el terreno del vecino, hasta que nos “llovió” el beneficio de la conmiseración de unos hermanos, testigos accidentales de nuestra situación. Una circunstancia ajena descubrió ante ellos nuestra esquelética condición y apremiante necesidad; entonces, con la uña mal cortada de la recriminación, ¡echaron en cara nuestro mutismo!, se quitaron la cáscara invidente de sus corazones, –antiguos ignorantes de nuestra situación–, se hicieron cosquillas en la carne viva del humanitarismo, de la solidaridad y de la caridad; y se desbordaron compartiendo lo mínimo que poseían hasta que satisficieron, no a sus corazones, más lastimados que el nuestro por no haberles advertido de nuestra condición desde antes, ¡no!, sino a los genios máximos del compartir: el amor y la equidad.

Hoy nos acordamos de algo, precisamente al momento justo de empezar a prepararnos –con lo que el amor y la equidad nos obsequiaron– “el lujo antiguo” de un cortadillo de res que compartió el espacio del sartén con una salsa suculenta, ¡harta de cebolla, tomate, chile serrano, el elixir de un diente de ajo, pimienta, comino, cilantro y perejil!, todo picado, para hacerlo rendir, minúsculamente, sin el lujo del aceite de oliva, solamente nadando en agua a punto de hervir, ¡ah, y su pizca de sal! ¡De éste comeremos hasta pasado mañana!, –nos dijimos frotándonos las manos y rechinándonos las ansiosas y desesperadas tripas–, si el calor no nos envidia tanto, frustra nuestros planes y lo hecha a perder para mañana todo: (por la mente nos pasó quitarle la oportunidad a la intemperie comiéndonos todo de una vez, ganas no faltaban, espacio en el estómago desacostumbrado a comer tanto, talvez).

¿Pero quienes lo prepararon y comerán?, –se preguntarán.

Bien, somos tres: El hambre, el “capricho”, hambriento de un sabor nostálgico, y yo.

Poquito antes de hartarnos nos volvimos a acordar, y detuvimos en el acto los tres exagerados bocados en el espacio mismo que hay entre el plato y la boca, dejándolos flotando en el aire –aromatizado por el suculento manjar– del camino a degustarse e ingerirse: hay muchos que no tienen hermanos.


Publicado por Alfonso Díaz Ortega en:
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Agosto de 2008.