Tras los tiempos difíciles, seguirán los menos, ¡indudablemente! Sabiduría popular, ansiada deducción del optimismo y la esperanza; aspiración genuina y natural a una situación mejor que evidencia la fatiga, el cansancio, la desesperación, o simplemente la ambición de lograr más con menor sacrificio y mayor facilidad; y gozar de todo ello, ¡definitivamente más!
La sutil línea entre la adversidad y la dicha, entre la tristeza y la felicidad, entre el amor y el odio, entre la riqueza y la pobreza, entre lo justo y lo injusto, entre lo soportable y lo insoportable, siempre la traza las “sentida” debilidad, casi nunca la dicha; por una simple y sencilla razón, ésta última se consume demostrándose, vanagloriándose y gozándose de serlo, no le sobra tiempo para desgastarse penándose desdichada.
Soportar la dificultad de los momentos que la desesperación pinta de eternos, con los residuos que resten de una fortaleza antigua casi extinta, con una dignidad que se sostiene en la debilidad que le resta y solo por instinto, autónoma, con la entereza y la prudencia que se forjan durante el sacrificio de soportarlos y sobrevivirlos; o con la esperanza y la fe que auxilia, reconforta y conforma de su situación, con una ambición “aparentemente” más pasiva, a los creyentes, convierten finalmente, en quienes persisten, a la debilidad y la duda, en la fortaleza y confianza necesarias para lograr y resistir el éxito de una ambición honesta.
Generalmente las bases fundamentales del éxito son una inquebrantable persistencia por una pretensión justa y honesta, ¡sin límite!, ¡que raye las fronteras invisibles de la obsesión y el fanatismo!, ¡que carajos!, sin olvidar jamás la intención original ni perder el rumbo por entre los vericuetos de las burlas por la persistencia en un objetivo de apariencia absurda, y la propia desesperación.
Para alcanzar los objetivos no basta con pensar en ellos como si ya fueran nuestros, o autosugestionarse de que ya se han alcanzado, hay que dar el paso decidido ¡y hacerlo!; y es esa acción decidida, tomada posiblemente en el momento más crítico de la prolongada lucha, lo que pronostica el alcance del éxito, importándonos, ¡en ese preciso instante!, ¡un pepino si al final lo logramos o no!
¡Basta y es suficiente el intentarlo! Que la intensa luz del mañana de los logros ansiados imaginados logrados ¡o ya logrados!, no nos cause una temprana ceguera: el mañana nunca llega, ¡siempre es hoy!
El lograrlo podrá ser su consecuencia, mas lo que sí se logra en la lucha, es saborear esos manjares que la vida dispersó por el camino para fortalecer más al espíritu que al cuerpo, (para cuando este se desgaste y ya no sirva). Ese es el éxito maravilloso de la vida: vivirla sufriéndola y gozándola, ¡sin conformismos!, sin lamentos inútiles ni arrepentimientos tardíos.
A las adversidades y desgracias es fácil adaptarse cuando se cobijan, muchas veces con inconforme resignación, con el manto de una fe que conforta y sujeta, “teóricamente”, a la ambición con una “sugerida e inducida pasividad” para no restarle grados de atracción al galardón máximo: la trascendencia a la vida eterna; esa será la recompensa, la maravilla del éxito mayor para los creyentes, tras soportar las vicisitudes y sufrimientos “pacificados” por su propia fe, y sin mucho espacio para compartir esta aspiración con otras pretensiones naturalmente indispensable “más mundanas”: porque crearía un evidente conflicto de atención, interés y prioridad: la realidad es testigo.
Bien, mas, todo individuo, sea cual fuere su creencia, –de tenerla–, obediente a un impulso humano e instintivo, ansía, desea, planea, proyecta o trabaja en una pretensión que considera justa (sin calificar, por hoy, los “justos medios” que emplee) para lograr una condición mejor de vida; habrá quienes lo hacen orando solicitándole a su creador una condición de vida mejor, tal cual les han inculcado, y esperan confiados en la llegada de tal milagro, olvidándose, por las urgencias obvias de la satisfacción de las necesidades inmediatas, de trabajar por el galardón prometido a la perseverancia de su fe: su éxito en el paraíso celestial.
Adaptarse a las gracias y la satisfacción que el éxito causa y otorga es casi ¡imposible!, pues ésta ¡no tiene límites!, porque si los tuviera se llamaría conformismo; ¡además no tiene lápiz para marcárselos!, y si lo tuviera de nada le serviría, no sabe escribir: ¡solo gozarse!
La práctica de la Justicia y la Honestidad, de la Prudencia y la Equidad, son las herramientas de los hombres que luchan por logra el éxito, y que, de lograrlo, no se extravían en el infinito de su satisfacción, puesto que ellos mismos no se enteran de haberlo logrado; quienes sí se enteran, los miden y comparan, son todos los demás que así los consideran distinguiéndolos siempre como puntos de referencia y comparación, ¡como ejemplos del éxito!, olvidando muchas veces resaltar que es consecuencia de su humilde y tenaz perseverancia; de su perseverancia entrelazada con las vicisitudes y adversidades necesarias sin las cuales la vida no se fortalecería a sí misma ni tendría sentido, y el éxito perdería su significación.
Y para quienes, entre lo nublado de la desesperación, no distinguen la conformación de su propio éxito, no vaya ni vea demasiado lejos: obséquiese un segundo. ¡Solamente un segundo basta para maravillarse y quedarse absorto!, observando y sintiendo el tic-tac de un milagro, del más grande éxito de la vida: ¡la vida misma!, ¡Usted!
¡Un segundo! Es un “instante” por el que todos los creyentes deberían manifestarse con una reacción de gratitud hacia su Dios: ¡gozándose infinitamente!
Sin embargo, las necesidades naturales y “mundanas” lo hacen olvidarlo, no porque sea este un desagradecido olvidadizo, ¡no!, simplemente porque es imposible conciliar, tal como se dicta e inculca, dos necesidades de dos dimensiones distintas “supuestamente” coincidiendo en un mismo cuerpo, la espiritual que se alimenta de su propia fe, que no nutre al cuerpo, y la terrenal que se alimenta de la tierra misma, que no nutre al espíritu: la autosugestión posiblemente resulte un tentempié para ambas: solamente eso.
Ya corroboraremos lo inculcado o sabremos la verdad, mientras tanto, creyentes o no, conservemos, cuidemos y esforcémonos por irle sumando segundos a la existencia, lograrlo será ya en si disfrutar de una vida exitosa.
¿Un año más?, ¿todo el montón de ellos que ya hemos disfrutado?
¡Que baste una respetuosa y silenciosa reverencia como un humilde acto de la gratitud a la vida misma!
Si es creyente, su Dios, cualquiera que este sea, entenderá que tendría que duplicarle el tiempo de vida para agradecerle solamente la mitad por su ÉXITO MAYOR: ¡Usted!
Hoy, como siempre, cada segundo es especial, ¡todo el día es especial!, cada recuerdo de lo vivido que llegue a su memoria es especial: ¡vayan hacia Usted mis recuerdos ahora!: y esperaré poder también enviárselos el próximo año, o mañana, cuando se conviertan en hoy, porque cada segundo que transcurra esperando, me hará más rico gozando del éxito del sobrevivir.
(… Y de los que logre, por mi cuenta, agenciarme).
¡Feliz cumpleaños!... (y éxitos).
. . .
Publicado por Alfonso Díaz Ortega, en:
http://www.alfonsodiazortega.blogspot.com/
http://www.alfonsodiazortega.wordpress.com/
Agosto de 2008.
La sutil línea entre la adversidad y la dicha, entre la tristeza y la felicidad, entre el amor y el odio, entre la riqueza y la pobreza, entre lo justo y lo injusto, entre lo soportable y lo insoportable, siempre la traza las “sentida” debilidad, casi nunca la dicha; por una simple y sencilla razón, ésta última se consume demostrándose, vanagloriándose y gozándose de serlo, no le sobra tiempo para desgastarse penándose desdichada.
Soportar la dificultad de los momentos que la desesperación pinta de eternos, con los residuos que resten de una fortaleza antigua casi extinta, con una dignidad que se sostiene en la debilidad que le resta y solo por instinto, autónoma, con la entereza y la prudencia que se forjan durante el sacrificio de soportarlos y sobrevivirlos; o con la esperanza y la fe que auxilia, reconforta y conforma de su situación, con una ambición “aparentemente” más pasiva, a los creyentes, convierten finalmente, en quienes persisten, a la debilidad y la duda, en la fortaleza y confianza necesarias para lograr y resistir el éxito de una ambición honesta.
Generalmente las bases fundamentales del éxito son una inquebrantable persistencia por una pretensión justa y honesta, ¡sin límite!, ¡que raye las fronteras invisibles de la obsesión y el fanatismo!, ¡que carajos!, sin olvidar jamás la intención original ni perder el rumbo por entre los vericuetos de las burlas por la persistencia en un objetivo de apariencia absurda, y la propia desesperación.
Para alcanzar los objetivos no basta con pensar en ellos como si ya fueran nuestros, o autosugestionarse de que ya se han alcanzado, hay que dar el paso decidido ¡y hacerlo!; y es esa acción decidida, tomada posiblemente en el momento más crítico de la prolongada lucha, lo que pronostica el alcance del éxito, importándonos, ¡en ese preciso instante!, ¡un pepino si al final lo logramos o no!
¡Basta y es suficiente el intentarlo! Que la intensa luz del mañana de los logros ansiados imaginados logrados ¡o ya logrados!, no nos cause una temprana ceguera: el mañana nunca llega, ¡siempre es hoy!
El lograrlo podrá ser su consecuencia, mas lo que sí se logra en la lucha, es saborear esos manjares que la vida dispersó por el camino para fortalecer más al espíritu que al cuerpo, (para cuando este se desgaste y ya no sirva). Ese es el éxito maravilloso de la vida: vivirla sufriéndola y gozándola, ¡sin conformismos!, sin lamentos inútiles ni arrepentimientos tardíos.
A las adversidades y desgracias es fácil adaptarse cuando se cobijan, muchas veces con inconforme resignación, con el manto de una fe que conforta y sujeta, “teóricamente”, a la ambición con una “sugerida e inducida pasividad” para no restarle grados de atracción al galardón máximo: la trascendencia a la vida eterna; esa será la recompensa, la maravilla del éxito mayor para los creyentes, tras soportar las vicisitudes y sufrimientos “pacificados” por su propia fe, y sin mucho espacio para compartir esta aspiración con otras pretensiones naturalmente indispensable “más mundanas”: porque crearía un evidente conflicto de atención, interés y prioridad: la realidad es testigo.
Bien, mas, todo individuo, sea cual fuere su creencia, –de tenerla–, obediente a un impulso humano e instintivo, ansía, desea, planea, proyecta o trabaja en una pretensión que considera justa (sin calificar, por hoy, los “justos medios” que emplee) para lograr una condición mejor de vida; habrá quienes lo hacen orando solicitándole a su creador una condición de vida mejor, tal cual les han inculcado, y esperan confiados en la llegada de tal milagro, olvidándose, por las urgencias obvias de la satisfacción de las necesidades inmediatas, de trabajar por el galardón prometido a la perseverancia de su fe: su éxito en el paraíso celestial.
Adaptarse a las gracias y la satisfacción que el éxito causa y otorga es casi ¡imposible!, pues ésta ¡no tiene límites!, porque si los tuviera se llamaría conformismo; ¡además no tiene lápiz para marcárselos!, y si lo tuviera de nada le serviría, no sabe escribir: ¡solo gozarse!
La práctica de la Justicia y la Honestidad, de la Prudencia y la Equidad, son las herramientas de los hombres que luchan por logra el éxito, y que, de lograrlo, no se extravían en el infinito de su satisfacción, puesto que ellos mismos no se enteran de haberlo logrado; quienes sí se enteran, los miden y comparan, son todos los demás que así los consideran distinguiéndolos siempre como puntos de referencia y comparación, ¡como ejemplos del éxito!, olvidando muchas veces resaltar que es consecuencia de su humilde y tenaz perseverancia; de su perseverancia entrelazada con las vicisitudes y adversidades necesarias sin las cuales la vida no se fortalecería a sí misma ni tendría sentido, y el éxito perdería su significación.
Y para quienes, entre lo nublado de la desesperación, no distinguen la conformación de su propio éxito, no vaya ni vea demasiado lejos: obséquiese un segundo. ¡Solamente un segundo basta para maravillarse y quedarse absorto!, observando y sintiendo el tic-tac de un milagro, del más grande éxito de la vida: ¡la vida misma!, ¡Usted!
¡Un segundo! Es un “instante” por el que todos los creyentes deberían manifestarse con una reacción de gratitud hacia su Dios: ¡gozándose infinitamente!
Sin embargo, las necesidades naturales y “mundanas” lo hacen olvidarlo, no porque sea este un desagradecido olvidadizo, ¡no!, simplemente porque es imposible conciliar, tal como se dicta e inculca, dos necesidades de dos dimensiones distintas “supuestamente” coincidiendo en un mismo cuerpo, la espiritual que se alimenta de su propia fe, que no nutre al cuerpo, y la terrenal que se alimenta de la tierra misma, que no nutre al espíritu: la autosugestión posiblemente resulte un tentempié para ambas: solamente eso.
Ya corroboraremos lo inculcado o sabremos la verdad, mientras tanto, creyentes o no, conservemos, cuidemos y esforcémonos por irle sumando segundos a la existencia, lograrlo será ya en si disfrutar de una vida exitosa.
¿Un año más?, ¿todo el montón de ellos que ya hemos disfrutado?
¡Que baste una respetuosa y silenciosa reverencia como un humilde acto de la gratitud a la vida misma!
Si es creyente, su Dios, cualquiera que este sea, entenderá que tendría que duplicarle el tiempo de vida para agradecerle solamente la mitad por su ÉXITO MAYOR: ¡Usted!
Hoy, como siempre, cada segundo es especial, ¡todo el día es especial!, cada recuerdo de lo vivido que llegue a su memoria es especial: ¡vayan hacia Usted mis recuerdos ahora!: y esperaré poder también enviárselos el próximo año, o mañana, cuando se conviertan en hoy, porque cada segundo que transcurra esperando, me hará más rico gozando del éxito del sobrevivir.
(… Y de los que logre, por mi cuenta, agenciarme).
¡Feliz cumpleaños!... (y éxitos).
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Publicado por Alfonso Díaz Ortega, en:
http://www.alfonsodiazortega.blogspot.com/
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Agosto de 2008.