domingo, 17 de agosto de 2008

LA DOCTRINA DE LOS HOMBRES

Las razones aducidas por los líderes religiosos para “actualizar” el sentido y significado del amor de Cristo (invariable desde hace dos mil años, e imposible de reeditarlo con todos sus mandamientos sin correr el gravísimo riesgo de su inaceptación) en estos tiempos, han sido tan diversas y numerosas, pero han sido siempre inspiradas, según lo ha afirmado la propia jerarquía católica, «en consideraciones específicamente cristianas, en el fondo de las cuales late la intuición de motivos que pueden venir a mejor luz, no sin el influjo del Espíritu Santo, prometido por Cristo a los suyos para el conocimiento de todas las cosas…». Y a todas éstas razones las incita (supongo y deseo que ésta suposición sea certera por bien de la confianza en las intenciones honestas del ser humano) el deseo válido, y el principio honesto, de adecuar, no el dictado de las escrituras, sino su interpretación y aplicación urgente y ad hoc a nuestra época y ritmo de vida.

Sin embargo, tal y tan atrevida y difícil tarea, enfrenta el riesgo constante de aventurar deducciones e “interpretaciones” difícilmente convincentes, pues se sustentan en, primero, una “sentida” guía e iluminación del Espíritu Santo, sin cuya “justificativa anuencia” convertiría tales “adecuaciones” en la imposición dictatorial de unos cuantos humanos, y no, como se dice, en un deseo divino, de Dios; y segundo, en la búsqueda honesta de una aplicación más diáfana para esta vida, tan distinta y distante de aquella de hace más de mil quinientos años, cuando su aplicación y exigencia a “pie juntillas” era posible favorecida por el poder y dominio histórico de la Iglesia; si bien ahora, dicho dominio y predominio continúan, la sutileza de su aplicación, no utiliza, con el descaro antiguo, el poder de la espada y la conquista, del látigo y la inquisición para imponerse: utiliza otros, que motivarán un análisis y publicación posterior.

Todos estos intentos de “actualización” –medianamente o totalmente logrados–, obedecen al deseo de mantener y sostener el buen gobierno y común beneficio de la propia Iglesia, redundando –teóricamente– en un entendimiento más claro del milagro prometido a la fe genuina y a la obediencia total, tan difícil de entender por que escapa a toda lógica común del ser humano, y tan fácil de aceptarlo, generalmente sin comprenderlo, con los ojos cerrados de la irreflexiva fe, y mucho más fácil de olvidarlo por el dinamismo exponencial del ritmo actual de la vida que envuelve al pastor y su rebaño.

Ahora bien, tales “nuevas interpretaciones o adecuaciones” son sentidas “incompletas” por no satisfacer, totalmente, a las costumbres y necesidades actuales, que han rebasado y “dejado atrás” muchas de las “consideración antiguas”, ¡aún vigentes!; por una renuencia “extraña” a abordarlas, porque no han querido, o no se han atrevido a modificarlas; justificando tal inacción con una filosofía teológica “maravillosa”, sin que tal justificación aporte solución real alguna a la apremiante demanda del ritmo de vida.

Y le menciono, por hoy, solo cuatro: métodos anticonceptivos, el aborto, el celibato y la consagración de mujeres como sacerdotisas: cientos de miles de abortos, cientos de miles de hijos no deseados e infecciones venéreas, cientos de miles de sacerdotes que han incumplido con su voto de castidad. Y de todos ellos, ¡un altísimo porcentaje es cristiano!, ¡precisamente por ser la religión Católica una de las más numerosas del mundo!; es justo, por amor al prójimo y evidentemente a Dios mismo, aportar soluciones que salven y no que atemoricen y condenen. Ninguno de estos temas, administrados por los Líderes de la fe, ya convertidos en “ley, costumbre y condena”, son incluidos o impuestos desde el Libro Santo del Señor. Todos fueron concertados –con el Espíritu Santo como testigo, nos han dicho– en concilios que han buscado siempre el “bien común”, ese bien que siempre ha parecido no serlo tanto, o para tantos.

¿Cuál sería la causa posible por que no se hayan abordado plenamente?: administrar y gobernar (mandar, dirigir, administrar, guiar, etc.) un pueblo al que se le otorguen mayores, o todas las libertades que competen a “su persona y pensamiento”, exigiría un esfuerzo gigantesco, imposible de disponer y coordinar a la inmediatez con que el mismo pueblo exige tales libertades, causando evidentemente un caos indeseable, una anarquía espiritual y social: preferible mantener normas estrictas, y el dominio y control, claro: «¿Cuando no se delega una responsabilidad, evidencia el tremor de perder la autoridad por sustentarla?».

Aquí el “posible error” puede penetrar al decidirse adecuaciones por “cuestiones más de gobierno, dominio y control” y no tanto por las “más humanas”, alejándose bastantito de las espirituales: sin embargo, salvar a cientos de miles, ¿será un acto humanitario que Dios alabaría? ¡Yo supongo que sí!: ¿Usted?

La Democracia y el Libre Albedrío, son fantásticos en la esencia de su teoría impractica, pero son también “las más perfectas y fantásticas utopías”. Ambas están estrictamente regidas por leyes, normas, preceptos o dogmas que impiden, restringen, gobiernan y castigan el goce pleno de sus alentadores títulos: los ciudadanos deben observar y obedecer las leyes, los creyentes, adorar a Dios y observar y obedecer sus mandamientos: si quiere vivir en paz, en la tierra, uno, y eternamente en el cielo, el otro.

La “ventaja” de la Democracia es que esta se ejerce en pueblos “dispersados” y se gobierna por un poder autónomo, digamos…, “pequeño”, diseñado para cada lugar, soberano en su forma y ejercicio de todos los demás, aunque también lo sean. La desventaja del gobierno de la fe cristiana, es precisamente el ser universal y su centralismo en un solo Líder espiritual por el principio mismo de la existencia de un solo Dios verdadero; adecuarla a cada sitio, es aceptar heredar “cotos de poder”, poder que la historia ha enseñado lo fácil que es de pervertirse y desvirtuarse.

Difícil evitar que “algunos” se perviertan y se pierdan, pero no tanto que a cientos de miles de creyentes les llegue oportunamente la opción de arrepentirse y corregirse, y talvez se salven, y eso lo decidirá Dios, no los hombres ni sus leyes.

Los misterios del espíritu y de la mente permanecen, afortunadamente, aún indescifrables, sin embargo, sobra quien osa, a pesar de tal ignorancia, intentar descifrar los misterios de Cristo, bajo el pretexto de querer comprender sus deseos para venir a decirnos como “adorarle más”, ¡mínimo que no alcanza a verse las puntas de los pies!, pero en fin: ardua tarea.

Los misterios del espíritu no son descifrables, tal es el milagro y la magia de la vida que conserva pura, aún, su esencia, a pesar del hombre.

Deberá ser evidente que para los creyentes, ¡los de Cristo menos!, hasta el fin: de acontecer.


Publicado por Alfonso Díaz Ortega en:
http://www.alfonsodiazortega.blogspot.com/
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Agosto de 2008.

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