sábado, 30 de agosto de 2008

ESPERANZA

Cuando se perciben solo los contornos de los objetos, difuminados y envueltos por la niebla, casi palpable de un obscurecer perenne que parece no disiparse nunca, que obliga a un pelar de ojos exagerado que solo asustan al testigo, y que de nada sirve, que impulsa al resorte instintivo de alargar los brazos de sonámbulo, manoteando ciegos, al tanteo, buscando en el espacio pepenarse de algo para ubicarse así mismo, y saberse, no hacia dónde se iba, sino dónde se está.

Cuando el dorso solo se resbala, embarra y ya no limpia ni absorbe, a la velocidad exigida o creída necesaria, ese lagrimear constante por culpa del polvo levantado con el atrevimiento del andar, del andar ansioso de encontrar, en medio de esa percibida obscura niebla de la desesperación, no a la esperanza perdida en el abusado laberinto de la libertad, sino al beneficio de ésta, y a la fe desusada y extraviada, por los mismos vericuetos de la despreocupación y la gozada libertad, olvidadas intactas, raquíticas por su falta de ejercicio, en la historia sin registro de su aplicación ni remembranza alguna de su supuesta potencia.

Cuando las adversidades obligan a un incrédulo parpadear continuo, a un fruncir del entrecejo, achicando los ojos contra el encandilar de la luz que se percibe, milagrosamente, allá en el fondo; a separar, con mecánico reflejo, los dedos de la mano alargada del temeroso sonámbulo, para aventurar un atisbo curioso, esperanzado de encontrarse con algo, con ese algo ansiado que transforma, ¡con la pura ilusión de creerlo percibido!, y con la fe, a esa ansiedad desesperante, domada finalmente por la calma que otorga la satisfacción del conformismo; del conformismo que apacigua mágicamente cualquier desesperación, sin variar ¡absolutamente en nada el entorno físico!, ¡excepto su percepción!

Eso es lo que siempre ha existido allá en el fondo de toda desesperación, la aceptación ¡incondicional!, tal cual y sin más, de las circunstancias que se creen imposibles de poder cambiar.

Algunos han percibido algo más, una puerta falsa, la renuncia total a persistir, aunque sea con la inacción del conformismo: el suicidio.

Y muy pocos habrán descifrado esa lección que transforma a los desesperados, que hace llorar a los valientes y le da valor a los cobardes, que hace humildes a los poderosos e invade de amor el corazón de los desgraciados, que pacifica a los rebeldes y otorga consuelo a los desdichados, y es que todos buscaban, en su desesperación y sin más que con la potencia de su fe o la fuerza de la autosugestión, algo, después de haberse aceptado impotentes de seguir rigiendo su rumbo y su destino, como lo habían hecho, hasta ahora, con la fuerza de sus años mozos, y doblegarse ahora ante tal aceptación, es como aspirar a algo exageradamente grande solo solicitándolo, haciendo nada o muy poco por lograrlo.

La buena fortuna, la divina providencia, o ¡Dios mismo!, talvez podrán otorgar el pez que cae del cielo, o conceder el milagro a todas las plegarias, ¡solo pidiéndolo!, pero ¡indiscutiblemente!, ¡la vida misma nos enseña a pescar!

No agotemos a destiempo esa luz interna que deberá, posiblemente, iluminar otros vericuetos aún intransitados: ¡ahorrémosla! (Mire que mañana puede amanecer, para algunos, bastante nublado).

–¡Oh!, ¡La esperanza!

Publicado por Alfonso Díaz Ortega en:
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Agosto’28 del 2008.

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