Después de una dieta única, –sin la exquisitez posible que le daría la existencia de otra opción, mas con el sabor inigualable de la gratitud por su existencia–, durante once días nada más, –cuarenta años, ¡imposible!–, comimos nueces y naranjas que “llovían” de un nogal y unos naranjos ajenos sembrados en el terreno del vecino, hasta que nos “llovió” el beneficio de la conmiseración de unos hermanos, testigos accidentales de nuestra situación. Una circunstancia ajena descubrió ante ellos nuestra esquelética condición y apremiante necesidad; entonces, con la uña mal cortada de la recriminación, ¡echaron en cara nuestro mutismo!, se quitaron la cáscara invidente de sus corazones, –antiguos ignorantes de nuestra situación–, se hicieron cosquillas en la carne viva del humanitarismo, de la solidaridad y de la caridad; y se desbordaron compartiendo lo mínimo que poseían hasta que satisficieron, no a sus corazones, más lastimados que el nuestro por no haberles advertido de nuestra condición desde antes, ¡no!, sino a los genios máximos del compartir: el amor y la equidad.
Hoy nos acordamos de algo, precisamente al momento justo de empezar a prepararnos –con lo que el amor y la equidad nos obsequiaron– “el lujo antiguo” de un cortadillo de res que compartió el espacio del sartén con una salsa suculenta, ¡harta de cebolla, tomate, chile serrano, el elixir de un diente de ajo, pimienta, comino, cilantro y perejil!, todo picado, para hacerlo rendir, minúsculamente, sin el lujo del aceite de oliva, solamente nadando en agua a punto de hervir, ¡ah, y su pizca de sal! ¡De éste comeremos hasta pasado mañana!, –nos dijimos frotándonos las manos y rechinándonos las ansiosas y desesperadas tripas–, si el calor no nos envidia tanto, frustra nuestros planes y lo hecha a perder para mañana todo: (por la mente nos pasó quitarle la oportunidad a la intemperie comiéndonos todo de una vez, ganas no faltaban, espacio en el estómago desacostumbrado a comer tanto, talvez).
¿Pero quienes lo prepararon y comerán?, –se preguntarán.
Bien, somos tres: El hambre, el “capricho”, hambriento de un sabor nostálgico, y yo.
Poquito antes de hartarnos nos volvimos a acordar, y detuvimos en el acto los tres exagerados bocados en el espacio mismo que hay entre el plato y la boca, dejándolos flotando en el aire –aromatizado por el suculento manjar– del camino a degustarse e ingerirse: hay muchos que no tienen hermanos.
…
Publicado por Alfonso Díaz Ortega en:
http://www.alfonsodiazortega.blogspot.com/
http://www.alfonsodiazortega.wordpress.com/
Agosto de 2008.
Hoy nos acordamos de algo, precisamente al momento justo de empezar a prepararnos –con lo que el amor y la equidad nos obsequiaron– “el lujo antiguo” de un cortadillo de res que compartió el espacio del sartén con una salsa suculenta, ¡harta de cebolla, tomate, chile serrano, el elixir de un diente de ajo, pimienta, comino, cilantro y perejil!, todo picado, para hacerlo rendir, minúsculamente, sin el lujo del aceite de oliva, solamente nadando en agua a punto de hervir, ¡ah, y su pizca de sal! ¡De éste comeremos hasta pasado mañana!, –nos dijimos frotándonos las manos y rechinándonos las ansiosas y desesperadas tripas–, si el calor no nos envidia tanto, frustra nuestros planes y lo hecha a perder para mañana todo: (por la mente nos pasó quitarle la oportunidad a la intemperie comiéndonos todo de una vez, ganas no faltaban, espacio en el estómago desacostumbrado a comer tanto, talvez).
¿Pero quienes lo prepararon y comerán?, –se preguntarán.
Bien, somos tres: El hambre, el “capricho”, hambriento de un sabor nostálgico, y yo.
Poquito antes de hartarnos nos volvimos a acordar, y detuvimos en el acto los tres exagerados bocados en el espacio mismo que hay entre el plato y la boca, dejándolos flotando en el aire –aromatizado por el suculento manjar– del camino a degustarse e ingerirse: hay muchos que no tienen hermanos.
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