miércoles, 17 de diciembre de 2008

EL ABORTO PERDONADO (2)


2. Desde la Sociedad: insensible, crítica: a veces de más.

Intentemos hacer oídos sordos al eco de los Gritos Opuestos (del tema anterior) que no podamos acallar eliminando sus causas, obedeciendo al instinto de adaptación a lo incambiable, o a la consolación conformista de que pudieron ser peor arriesgándonos a hacer del conformismo una peligrosa costumbre, o a la pasividad de la inacción que imposibilita siquiera intentar aquietarlos, posiblemente otros gritos más íntimos y antiguos los ensordecerán: los de una sociedad moralista que juzga y los del juzgado. Los causados por un desprecio celado, por una discriminación callada que avergüenza y se avergüenza de expresarse con sinceridad, disfrazándose, muchas veces, de la vanagloriada rectitud que la desvergüenza grita, ensordeciendo los reclamos íntimos de una falta añeja que exige reponerse y aceptarse, buscando exonerarse gritando y autosugestionándose de “honrada, inocente y santa”, evidenciando y exhibiendo al trauma oculto ¡que lo canta y que lo exige!; y otros, pintados con el mutismo o la indecisión de definirse por el inconveniente de enfrentarse al sector dominante que la impone. Crítico e influyente sector encaramado en un trono de incongruencia hipócrita pintado con acuarela de decencia, miope consciente de sus faltas y analfabeta de la consideración y la humildad, irrespetuoso del amor propio del semejante e ignorante de su dignidad. Dictador que conscientemente se minimiza engrandeciendo las faltas del semejante y minimizando a propósito las propias: y con su acción ¡exagerada o mustia!, lastima, se lastima ¡y da lástima!

Desprecio y discriminación mezclados con la envidia al valor de quien enfrenta el juicio ¡sin vergüenza ni preocupación!, –creen y se sienten insultados, ¡ofendidos!–, o la admiración al tamaño de la estupidez de quien comete la “falta”, ¡existiendo tantos medios para disfrazarla!: –refutan criticando a destiempo–. Absteniéndose, muchas veces de hacer público su veredicto y su sentir, no por respeto al enjuiciado, ¡no!, sino por el temor latente a las circunstancias futuras del amor, del capricho o del descuido que los hiciera cometerla –o la cometieran aquellos a quien tanto quieren y descuidan– y pudiera colocarlos en una “bochornosa situación”.

Sí, los gritos de la extremista y puritana sociedad sentenciando y castigando, señalando y marginando a las que paren sin el progenitor de la criatura, ¡conocido y a la vista!, o a las que abortan, con éste o sin él; ese que las secundó en las prácticas de las teorías sexuales deseando corroborar las sensaciones platicadas por las amigas expertas, ese que las acompañó a conocer el éxtasis, intuido esperándoles al final de las caricias, en la culminación del clímax; acto intuido y practicado por instinto esperando ver las chispitas de colores dibujadas en los chismes de las amigas, o diseñándose las propias para platicarlas, si el recato es insuficiente para soportar discreto la sensación vivida, después; o queriendo completar por cuenta propia las lecciones preventivas, a medias e insensibles de la escuela, o simplemente obedeciendo a la naturaleza, ¡al instinto que no exige lecciones previas!; ¡o para darle gusto a la libertad sin amor del espontáneo libido! Con ese que tardó lo que tarda una promesa para convencerlas; ese que se oculta tras el olvido de las promesas y juramentos de amor eterno bajo las colchas de los placeres momentáneos satisfechos; o perdido a propósito por los vericuetos sin rumbo de la irresponsabilidad, o en la cobardía de los ataques a ellas sin su consentimiento. Ese y Esa que hicieron lo que hicieron, talvez orillados e incitados por la autonomía de los instintos, inspirados por el temperamento del momento que olvidó, ¡en ese preciso instante!, las advertencias y la precaución, por estar atareado en la percepción sensitiva de menesteres más placenteros, el resultado evidente y natural acto del Acto: un hijo.

Los de la impositiva sociedad que las relega al último de una fila que conduce al muro infame de la marginación y la crítica, que les exige el arrepentimiento por ser Madres sin cumplir con “ciertos requisitos”, o por haberse negado a completarse serlo incumpliendo con todos. Los de la sociedad que vive extraviada en el debate inútil de la imprecisión para definir cuando inicia la vida y convierte a la mujer en Madre: si al momento de la fecundación o hasta el instante del parto. Ubicando la controversia en ¡un genial “tanteo mediado”!, para no despedazarse –salvo con argumentos– entre ellos: después de iniciada la primera y antes de acontecer lo segundo.

Madres –o medias Madres, según el ambiguo tanteo– formadas en una fila que la sociedad puritana espera no las conduzca a las puertas de “su cielo”; su círculo social “perfecto” (?) que sucumbe lentamente con sus morales antiguas cancerándose –por sus deslices escondidos descubiertos por cuchicheos o por la desvergüenza de la pésima justificación– por dentro. Con su moral que se niega, y no puede, seguir al ritmo de la vida porque se quedó, hace decenios, hincada y esperando el milagro imposible de corregirla, frenándola.

Madres que no le son desconocidas, pues no pertenecen a otra sociedad u otra cultura, ¡no!, son sus hijas a quienes ha aventado a este mundo ¡raquítico de fundamentos éticos!, y escaso de ejemplos honrosos para aprenderles a esquivar la tentación o tan siquiera para imitarles a sobrellevar la responsabilidad; mas no por carecer de principios morales más reciente o por practicar dogmas importados, –confusos incineradores de faltas en la próxima vida y perdonadores de éstas en ésta (…?)–, ¡no!, sino por resistirse a aceptar que no habrá teorías, leyes, dogmas o restricciones que dobleguen al instinto natural, ¡al libido!, o al capricho del amor, que buscará y encontrará su satisfacción, ¡a toda costa! La marginación, la crítica y el castigo ¡son los incentivos que alimentan al capricho y a la rebeldía! La historia no se equivoca, y ya no podría: sus interpretes que pretenden revivirla, implantarla y eternizarla, ¡sí!

Una sociedad cuyos miembros discretamente enmudecen al presentir la posibilidad de llegar a sufrir en carne propia –o en la de sus hijos–, lo injusto de la sentencia y del castigo, si la falta que antes señalaban, en un futuro in adivinable les sorprende o les alcanza. No podrían soportar la propalación de la “deshonra”, ni las señales de los dedos acusatorios ocultos tras las cortinas de la moralina falsa que no hace tanto profesaban. Entonces, si no maduran ni se vuelven sabios, si no se manifiestan contrarios o solidarios con quien falte a la regla cometiendo la falta, al menos la prudencia comienza a asomarse por entre sus consideraciones, haciéndolos actuar con más tolerancia a la decisión distinta, con “algo” de sensatez.

Y es el momento –que no debería llegar con el temor o los años– en que talvez comprenda que esta sociedad, –de la cual es absurdo pretender excluirse o excluir–, desde hace siglos, sobrevive persiguiendo una “comodidad” que rebasó el equilibrado conformismo del instinto; no es ya su lucha primordial lograr una satisfacción modesta y prudente; esa que el tiempo de la regeneración de los recursos naturales dicta para lograr su equilibrio y permanencia –sin variaciones drásticas– de todo y de todos; esa que marca los límites a lo suficiente y advierte de los riesgos de su transgresión. No, ya no es la misma satisfacción que se busca, ahora es ésta que la escasez constata y el futuro amenaza con hacerla inalcanzable; ésta que la ausencia, el olvido o empobrecimiento de los principios, para lograrla, confirman; ésta que medio mundo desesperadamente ansía poseerla, multiplicándola; ésta que la exageración sin fronteras de la ambición y la codicia alientan acrecentar. Muy distinta a aquella que aún practicarían las sociedades “incivilizadas”, de haberlas; aquella que se quedó pintada en los libros de la historia, donde solo “ahí parece” poseer la fortuna de permanecer inalterable: la satisfacción modestas y prudentes de las necesidades vitales, sin obsesiones, sin codicia ni envidias; sin el exceso que enriquece a unos restándole lo primordial a otros.

En la búsqueda de tal satisfacción, la sociedad sobrevive, arrebatándose en una subasta de precios, los escasos recursos naturales que le quedan, administrados y ofertados por la especulación, conformándose para tal evento dos sectores sociales “teóricamente interdependientes” ¡bien definidos!; incontable el primero, el segundo no. El primero: la fuerza bruta, la mano de obra, el consumidor; la inteligencia cultivada o innata, el poder creado o heredado ¡multiplicándose!, la sagacidad negociando, la audacia planeando, los negociadores de la necesidad y la especulación: el segundo. –El orden de los factores…, ¡no altera los beneficios!–. Hace siglos, el primero buscando sus satisfactores sin excesos, y el segundo, “proporcionándoselos” –en parte– con medida y a un “justo precio”, y “limitándose” por una “aparente conformidad” con lo obtenido. En el primero, por aquellos mismos tiempos, la mujer –generalmente entre los catorce y los dieciséis, ¡justo con los primeros despertares de los instintos de la carne!– aceptaba, con la inocencia pura de su virginal candor, el matrimonio con más amor que ambición –quizá también debiera incluir: por costumbre y a veces “por obediencia”: pero dejémoslo así–: un protector fuerte, un hombre trabajador ¡seguro proveedor!, un padre de sus futuros hijos, un hogar modesto y, ¡obvio!, su complemento –¡perfecto o imperfecto!– en las cuestiones íntimas, que trabajaba de sol a sol para mantener a familias de más de diez, (recordando de vez en vez los que se malograron): un ambicioso resultaba un iluso, un soñador, un mal partido; de la explotación de la fuerza bruta del primero, –¿administración le “suena” que polariza menos, que es “más conciliador”?, ¡sea pues!–, administración de la fuerza bruta del primero, vivía el segundo, quien coincidía en las edades (difícil en lo de sol a sol) para casarse y procrear. ¡Innecesario e impensable abortar!, en esa remota época los abortos acontecidos no eran cosa de la decisión, eran lamentables e indeseables. Arrejuntada o con marido legal, con la llegada de los hijos la mujer alcanzaba su plenitud, coronaban su ideal, ¡era su única y máxima realización!: así que ¡no existía razón para provocarlos!; excepciones hubo, pero allá que las cuente otro.

«Solo un apunte: seguramente se cometieron tantos, que si la confesión del secreto y la discreción pública callaron, la inconsciencia los dictó para la posteridad por no poderlos ocultar. ¿De quién supone el cuño de las sentencias siguientes?: «¡No matarás!», ¿acaso de algún conquistador arrepentido, o alguien inexperto en “las sensaciones” del matar?; «¡di no a las drogas!», ¿de alguien que desconoce los altibajos de la alucinación?; «solo por hoy», ¿de algún “antiguo” apasionado de la abstinencia?; «¡ama a tu prójimo como a ti mismo!»; ¿de algún egoísta, vanidoso y “antiguo” amante de la soledad, o un experto del amor?... Y la de «¡No al aborto!»…, ¡cuidado!, gritarlo podría significar cargo de conciencia por alguna experiencia amarga, o estúpida ignorancia del incierto futuro que espera sin desesperar…, (apunte el cierre, y cierro el apunte)».

Con el tiempo, la codicia de “los inteligentes de más” los llevó a buscarse la forma de producir y ganar más sin que les costara justamente lo proporcional; ¡y la encontraron!: ¡los precios de los insumos subieron!, los “altos costos” por la industrialización de la revolución industrial, ¡el precio del petróleo, la azúcar!, bla, bla, bla, –¡pamplinas qué!–; “por eso” los salarios se fueron reduciendo paulatinamente y encareciendo los productos de primera necesidad. Al hombre trabajador le fue resultando bastante difícil proporcionar los satisfactores mínimos, y, la solidaria “varona”, por desesperante necesidad, dividió su tiempo entre la atención del hogar y su incursión, inicialmente lenta, en la fuerza laboral, –a menor salario, ¡claro!, la fuerza del hombre produce más: decía quien pagaba–. Las consecuencias: desatención –por falta de tiempo– a los hijos, “al viejo” y al hogar; disminución del tiempo disponible –o negación rotunda– para procrear, –embarazarse equivalía retornar a la situación de carencias de la que se pretendía salir, «¡la familia pequeña vive mejor!», rezaba ciertamente un slogan sugiriendo sutilmente “¡menos hijos!, más trabajo, ¡mejor vida!”, y para “convencerla” de lo anterior, ¡la discriminación y el despido!, ¡y la planificación familiar!–; el ingreso familiar se vio incrementado, ya no era uno solo sueldo, era uno punto seis, ¡ya les alcanzaba para más!; los volúmenes de producción subieron y sus costos, obvio, bajaron, pero con la justificación inventada del alza en los insumos, los precios siguieron la curva ascendente originalmente diseñada, pues con el excedente que les alcanzaba para más los podían pagar: muy pronto dejaría de alcanzarles.

No nos extraviemos ni desesperemos; sujetemos con fuerza la punta del hilo de la cavilación, y no me demuestre, ¡obséquiese la invaluable sensación de una virtud maravillosa!, ¡goce de su valor!, (y de la espera); y, como intuyo desconoce el significado y práctica del egoísmo, seguramente nos compartirá tal sensación con ¡una demostración virtuosa de paciencia! Tras merecido y cauto halago, continúo desenredándolo: embobinémoslo cuidadosamente para que la réplica no se enrede ni se esfuerce de más.

Brinquémonos el tedio de ésta “singular remembranza histórica” para esquivar el sabor pesimista que deja el revivir –en la memoria– la decepción tejida por ilusos albañiles torcedores de destinos, gratificados por el valor de la codicia, y ubiquémonos “de golpe y porrazo” en el aquí, ¡en el ahora!

Las “ilusiones” de la mujer siguen siendo las mismas de las abuelas, pero ahora obedecen a un orden de prioridades distinto, se ubican casi en último lugar; lo escabroso de los vericuetos para hacerse en la vida con “algo de “bienestar” se los ha cambiado. La superación mediante el estudio antes de casarse es fundamental; luchar por lograr un trabajo digno, bien remunerado y estable; “vivir la vida” antes de casarse para evitar “tentaciones futuras causantes de deslices lamentables”; hacerse de un “capitalito” para sortear dificultades con la llegada y crianza de los hijos, de tocarle, –¡ahora sí!–, un carente de ambiciones bueno para nada, y poder desatarse –de ser necesario o cuando quiera– la dependencia o imposiciones si la “mala suerte” le asigna a un “machista” como esposo.

La dinámica y competencia de, por y para enfrentar la vida, han modificado rotundamente la forma misma de satisfacerla; ya no se inicia formando una familia para luchar por y para ella, sino se trabaja por y para tenerla después; completa o incompleta, –léase con marido o sin él, con hijos o sin éstos: y no por alguna situación circunstancial, ¡sino a conciencia!

Las “ilusiones antiguas” se han convertido ahora en “obsesiones modernas”; obsesiones imposibles de satisfacer –y satisfacerse–, simplemente por ignorar la utopía de su significación; o porque las matrices se ocupan preocupando a la decisión de encubar hasta su término la nueva vida y terminar con la moderna obsesión…, ¡oh!, ¡si la naturaleza de las matrices evolucionara más tarde y acorde con el tiempo de la realización personal…!, talvez, ¡talvez!, dentro de algunos cuantos milloncillos de años, la costumbre impuesta por la dinámica de la codicia logre que la mujer retrase, de forma natural, el inicio de su edad reproductiva –de los doce o trece, hasta los veinticinco o los veintiséis– para no coartarle las ambiciones soñadas con embarazos inesperados, hijos indeseados, “o se vea y se sienta obligada” a dolorosos abortos…

En tanto, con sus miles de revoluciones industriales, con cientos de necesidades incumpliéndose, y otras tantas inventándose, quizá podrán cambiarle al Hombre los sueños y las ilusiones, las costumbre y los dogmas, talvez hasta la estética y la ética, pero nunca, ¡nunca la esencia de su diseño original! Por esto, la Mujer jamás, ¡jamás dejara de seguirse embarazando!, cumpliendo o sin cumplir con lo que le impongan, ¡por descuido, por amor, por capricho!…, ¡o por milagro! El ritmo de la vida impuesto por el Hombre no puede cambiarla, porque el Mundo vivo, con sus filosofías, con sus sociedades y culturas, con sus dogmas, morales y éticas, fantásticas, caducas o nuevas, no la sujetan, no la mandan ni la obligan (finge, generalmente): ¡porque ella lo parió!

¡Y lo seguirá pariendo!, porque su esencia máxima es ¡obedecer al instinto de la maternidad!, ¡nada más!: (con el aporte del Hombre, claro, mas no necesariamente de “su hombre”).

¿Qué juicio imparcial aplicará el “honorable miembro pío” de la pía Sociedad poniéndose de pie con su espada flamígera, para acusar a una Madre de asesinato cuando esta decida, orillada por los perjuicios de la sociedad, abortar: a su nieto, a su bastardo, o al hijo que no es de él?

Es el momento en que, generalmente, la honra equivoca su significación, lastimándose en vez de maravillarse del milagroso resultado del acto. Es el momento en que la honestidad lastima y se lastima con su opinión airada y ofendida, dolida y espontánea, sentida y creída sincera: hasta que piensa. Es el momento en que deberá empezar a descubrir, a aprender y a practicar el valor de la prudencia; o al menos los principio básicos de la resignación mezclados con forzados instantes de silencios hipócritas; y en esos lapsos de silencio es cuando deberá de decidir, antes de juzgar, que hacer.

Posiblemente desorientado busque respuesta a esa pregunta que deja vacío al pensamiento y sin argumentos a la razón, y desesperado volteé finalmente hacia el cielo buscando…, ¿¡buscando!?: si encuentra tres respuestas es que lo iluminó el sol.

A mi pensamiento lo iluminan las estrellas, y no podré decidirlo hasta terminarlas de contar: seguramente antes de entonces ¡querré mucho a los tres!, (o los lloraré más).

¿Y Usted?

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Diciembre’17 del 2008.

miércoles, 8 de octubre de 2008

GRITOS OPUESTOS

Cuatro temas sobre cuatro gritos totalmente disímbolos prorrogarán, para próximas publicaciones, los temas complementarios del ABORTO PERDONADO.

El primero, de aniversario, de actualidad tricolor y cíclico, ¡patriótico!, de lección de primaria repetida año con año, ¡de fiesta y desfile!: de pachanga histórica.

El grito de Independencia en Michoacán emulando al de Dolores Hidalgo, el primero; el segundo, de dolor por los heridos y muertos en el primero, finito, de sensación contraria al primero, creído interminable, eterno, con voz de lamento en vez de grito de festejo, que conforma la historia del espíritu que lo soporta y no como el primero que confirma una historia de cuento sin saberlo. El tercero lleno de ira, de odio y de rabia, de decesos desesperados de venganza, surgido del segundo, de maldición a los culpables, de deseos de muerte a quienes fueron. De desesperación, de impotencia e incertidumbre universal el cuarto, casi inaudible, por nada palpable o visible, por algo que no existe al inicio de exhalarse quedito o quedarse mudo, por algo que se percibe acercándose, que avanza cual fantasma, que nos enmudece y traspasa: no es un grito reciente, es un lamento añejo: en tono creciente.

El orden de aparición no implica graduación distinta en su sentir ni en su potencia, en su causa o su consecuencia: obedece al azar que me los fue dictando.

El primer grito incitado por una fiebre contagiosa y festiva, surgido de un coro convocado y multitudinario, obedeciendo a la influencia animosa de un orgullo patriótico lleno de emoción por la pirotecnia, el asueto, el desfile y la conmemoración; un grito que subyuga los sentidos, que desaparece al desánimo e invade de emoción al cuerpo, al pensamiento y al corazón: el de «¡viva México cabrones!».

El segundo, fuera del programa para el festejo, opuesto al nacido de la convocación, discordante y sin batuta de mando, que dispersa en el desorden, en el desconcierto inesperado y en el dolor a los convocados; menos numeroso que el primero, pero ciertamente más sincero, pues no lo incita la emoción del conjunto, lo provoca el dolor de la herida en el cuerpo; es el grito de despedida inesperada de la vida que se va sufriendo, de los cuerpos que caen heridos o muertos, después de la segunda campanada, por la explosión de unas granadas lanzadas por unos malditos, a los que el tercer grito de rabia les mienta la madre por lo que hicieron.

Y el último, más numeroso que todos los demás juntos, lo incita un panorama sombrío, un futuro incierto creado por la avaricia de muy pocos; infinidad de solos de impotencia, miedosos, apenados, silenciosos; son los gritos de la desesperación por lo que vaya a pasar o lo que está pasando que se jala los pelos, que desquicia a muchos, que suicida a otros, que empobrece a los ricos y enriquece más a “muy pocos”; gritan, gritan porque pierden, la mayoría todo, una minoría grita porque se quedará con menos, y quien no tiene nada pierde hasta la esperanza, hasta los sueños; son los gritos por la crisis financiera que transcribe las ilusiones del mañana, de los que no tienen más que ese capital ilusorio, sobre el papel sin valor de la desilusión, de la incertidumbre, de la desesperación; gritos vacíos de ilusiones, faltos de sentido, llenos de impotencia y desesperación que amenazan a la cordura con la sinrazón, llenos de deseos milagrosos, ¡imposibles de acción!; pura queja que no busca encontrar a la esperanza, solo ansían su respuesta, gritos tan ambiguos como su expresión: «¡puta madre!», y tan significativos. Solos que se ocultan tras la hipocresía inconsciente –por la costumbre de sufrirse– de una sonrisa de inmunidad, queriendo autosugestionarse de aparente fortaleza que íntimamente se reconoce falsa, y que se tarda un chingo en descubrirse no serlo.

El primer grito para celebrar el inicio de una independencia teórica, planeada por las mentes criollas que ambicionaban el poder, utilizando para ello el rencor acumulado por siglos y la sangre del pueblo sojuzgado para lograr tal fin.

El segundo, causado por la acción de otros que también ambicionan libertad de operación en sus ilícitos negocios, intimidando para ello al gobierno atacando y aterrorizando al indefenso pueblo, dañando a los descendientes de aquellos que hace doscientos años gritaron por primera vez ¡viva México!

El tercero, causado como reacción inmediata del segundo; de ira, de odio, de rabia que quiere seguir gozando de su “libertad” alterada, reclamando mayor seguridad; si los actores y autores hubieran sido atrapados en el acto, el pueblo enfebrecido los habría desmembrado en un acto más sanguinario que el cometido, buscando, no la justicia, sino satisfacer los deseos de venganza.

Y el cuarto, cíclico y en constante aumento, causado por un error de la codicia especulativa de unos cuantos que serán rescatados con dinero del pueblo; de ese pueblo al que le han embargado hasta las ilusiones y los sueños, restringiéndole cada vez más aquella independencia teórica, orgullosamente cantada y recordada en el primer grito. Pueblo “independiente” explotado de sol a sol, esclavizando hasta la vejez a un solo proveedor para sostener familias de doce, hace doscientos años, a ocho horas después para alimentar familias de ocho, y hace menos, para medio sobrevivir familias de cuatro, trabajan dos en dos empleos distintos cada quien. Hace doscientos años intercambiaban la fuerza del trabajo por comida en las tiendas de raya, ahora la obtienen fiada, y apenas les alcanza, obligados a vivir de prestado a un interés exagerado impuesto por el “libre mercado”, comprometiendo con ello lo que recibirán de aguinaldo: mañana; ahora la incertidumbre causada por la codicia sin límite del especulador, les extrae ese significativo cuarto grito, el de ¡puta madre!

El pueblo ansía la libertad y la independencia sin demasiados compromisos, y de serle posible, sin responsabilidad; exige garantías en la impartición de la justicia, mayor seguridad, un vivir mejor, un tener más con menor esfuerzo, y de serle posible, sin éste.

El líder político codicia el poder público, y más los beneficios que de éste se obtienen por la desatención del pueblo, distraído con gritos de festejo, días de asueto, vales de despensa y becas para cursos a micro emprendedores hambrientos y humildes: que pasado un razonable tiempo emprenden, no un “changarro”, sino rumbo al norte.

El especulador codicia el poder que otorga acrecentar fortunas sin mediar escrúpulos, para mantener, si su avaricia mengua como su fuerza en la vejez, descendencias infinitas viviendo en la opulencia durante siglos a costa del esfuerzo y la miseria de los explotados, obsequiándoles año con año, en un soberbio, filantrópico y aplaudido evento, “caridades” dignas de difusión nacional.

El que causó el segundo grito, ansía exactamente lo mismo.

Extraño círculo que la codicia cierra y encierra a los inconformes, (casi a todos). Conformarse con lo menos es poseer una oración secreta para dominar al instinto de progresar (o carecer de aspiraciones: o de una oportunidad), ¡imposible!; el instinto dicta superarse, progresar: la competencia, la codicia y la práctica común de la deshonestidad le suman «¡a como de lugar!»; aspirar con medida es limitar la capacidad de lograr más: y no conozco a nadie.

Que la aspiración honesta, la dedicación permanente, la distribución equitativa de los beneficios alcanzados, rijan y distingan nuestro esfuerzo y le cambien de nombre a la ambición por el de aspiración de progresar, siempre obedientes a la ley natural e instintiva del hombre; sin obsesiones ni abusos que degraden la digna lucha por la supervivencia, y que la variedad de gritos opuestos sean por los golpes recibidos en los intentos de lograrlo, necesarios para reforzar al espíritu y las intenciones: gritos y experiencias dulces o amargas, de dicha o tristeza, de coraje o dolor, sin los cuales la vida no tendría significado ni valor.

Talvez las huellas de éstas letras, no posean el mitigador efecto de un rezo, mas sí la magia de causar un similar efecto: acaso he largado una suposición certera.

La naturaleza tiene la facultad de mostrarnos ¡y demostrarnos!, que somos insignificantes, pero también nos otorga la libertad de suponernos lo máximo, y nos obsequia, por consideración, la capacidad de consolarnos en los tropiezos, o ante las metas que tardan demasiado en alcanzarse.

Que la codicia y el egoísmo no haga sentirnos diferentes abusando de los que creemos son más pendejos o distintos, la osadía, y no el arrepentimiento tardío, cobrará en su momento la afrenta.

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Octubre’08 del 2008.

sábado, 6 de septiembre de 2008

EL ABORTO PERDONADO

La polémica que causa el cacareo –generalmente chocante de sabiduría falsa basada en díceres de una costumbre “sospechosamente” inducida, o de un fanatismo evidenciado falto de razonamiento– de opiniones radicales, aquellas que vierten, con ingenuidad poco creíble e intencionalidad notoria de hacerse distinguir lo suficiente y de imponerse, pensamientos, deducciones o conclusiones enarboladas como verdades universales y no como lo que realmente son: “juicios personales”. Las polémicas enfrascada en un coro discordante interpretado por los sectores opinantes que piensan menos y aportan nada, –excepto ruido partidista–, que desvaloran sin más el posible contenido de verdad en la opinión contraria, simplemente por serlo; si tal fuera mi intención, seguramente sería esta publicación motivo de una ruidosa y airada ola de opiniones contrarias, tan radicales o más como sería la mía, (atractiva tentación para las codiciosas estadísticas: saturado estaría el espacio de los comentarios, y más el ego de saberse “dizque leído”); mas, lejos de acarrearme polémicas inútiles, (con seso o sin este, aportan lo mismo, al fin polémicas), infértiles, y más “tendencioso” a incitar opiniones inteligentes, le sugiero e invito a reflexionar y analizar el tema, sin polemizarlo (esperando le sea posible), éste merece su atención, y no su autor: El Aborto Perdonado.

Participe opinando –o recapacitando–, dentro de las libertades y atrevimientos que “le permitan” sus susceptibilidades. Si los argumentos aquí vertidos “los supone” una piedra de tropiezo para sus principios o su fe, no la evada, posiblemente pueda “pulverizarla” con la fuerza de su inteligente argumentación: y ya hecha “polvito” sea más entendible para quien no lo era o no lo fue, y así, cada quien construya, con esos granos de conocimiento, su propia roca donde fincará sus principios, con los que corregirá su rumbo, justificará o reforzará su fe. Talvez algún día, dicho cimiento llegue a ser indestructible y ya no el reciclaje del razonamiento actualizándose: (o la fuerza de la conveniencia: imponiéndose).

Atisbemos y analicemos el tema desde tres montículos fundamentales, bastante distantes entre si: (muchas veces).
1. Desde La fe.
2. Desde La Sociedad.
3. Desde La Familia.

En esta publicación abordaré el tema desarrollando solo el primer punto, y en subsecuentes publicaciones, los restantes.

1. Desde La Fe: sensible, bastante; con “cierta percepción” de desinterés.

1.1. «No matarás», sentencia un mandamiento.

1.2. «Ama a tu prójimo como a ti mismo», enuncia a otros.

Dejar morir al prójimo, evidentemente no es matarlo, tampoco es una “mínima demostración de amor”, pero… ¿Cómo conciliar las anteriores órdenes con la negación o aceptación de un aborto necesario?

1.3. «Ni uno de los pájaros caerá a la tierra sin la Voluntad de vuestro Padre […]». (Mateo 10:29-31).

Con la anterior cita ¿se libera de la culpa a testigos y actores?, (suponiendo que la decisión haya sido tomada por dos y atestiguada por críticos mirones)…; extraño: incomprensible. Si se ordena “obedecer” sentenciando la desobediencia con el fuego eterno, y además se advierte que nada sucederá sin la voluntad del Padre…, significa, (sin deducciones fantasticas), que el matar o no matar, el odiar o el amar a los hijos nacidos, por nacer o no nacidos (o al prójimo), no podrá llevarse ¡jamás!, a efecto ¡sin la voluntad del Señor!

¿Y el obsequio “extra” del libre albedrío?, ¿más contradictorio?: antes de airearnos la calentura (de evidenciarnos susceptibles) con una respuesta más “defensiva” que razonada, pensémoslo: pensémoslo.

Si nada ha de acontecer –según clarísimo dictado– sin la voluntad de Dios, ¡bien para quien lo crea y lo utilice como excusa!, citas bíblicas sobrarán para tal efecto: si así se ven, se sienten o se viven; como también íntimamente se reconocerá, con simulada ingenuidad o falsas ignorancia, que existen muchas tantas que condenan por lo mismo. Pero, ¿a cual apegarse más sin separarse demasiado de Dios?: eso es cosa del tamaño del morral de culpas que se carga cada quien, (y la conveniencia de regirse por aquellas que “disminuyan” el temor a la condena prometida y justifiquen el proceder), supongo; y tal justificada auto-identificación “a conveniencia”, define, en un aspecto conceptual no limitante, a la verdadera personalidad (la interior) y las posibles fronteras de sus atrevimientos, incluso las extralimitadas con exceso, generalmente compatible y compartible, por simple similitud de temores, faltas y coincidencia con la generalidad generacional; inocultables para quien, desde el principio, todo lo sabe.

«Tu no fuiste un error porque todos tus días están escritos en mi libro». (Salmos 139:15).

«Todos tus caminos me son conocidos». (Salmos 139:3)

«Porque yo soy el que produjo tus deseos». (Filipenses 2:13).

«Os digo: Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres […]». (Mateo 12:31).

«No hay ninguna falta, por grave que sea, que la Iglesia no pueda perdonar». (p. 285, #982, Catecismo).

¿Habrá citas más directas y precisas?: seguramente.

¿Y qué con el “pecado” del Aborto?, parece ser clarísimo, por grave que sea (o parezca ser), que por la misericordia infinita de Dios, será perdonado (previo ceremonial del arrepentimiento): qué más decir.

El incremento exponencial en el número de abortos es una realidad, y esto significa que en todas las épocas de la humanidad han existido, en su proporcional medida; en la antigüedad, los hechos eran borrados de las estadísticas y callados por el castigo del machismo, de la marginación y la discreción, y el lamento de los fetos, que provocaban la vergüenza y recordaban la deshonra, ahogados con la cobija del silencio forzado. Ahora, al aborto, lo cubre, desde el punto de vista de cualquier generación anterior, el manto transparente del libertinaje y no el recato de la libertad, el velo mosquitero de la desvergüenza que desvalora a la honra; y desde la visión de los hombres de la fe, es causa de la ausencia total de Dios de los corazones de quienes lo practican. Sin embargo, tal acción está sustentada en el irrefutable ejercicio libre del derecho de decidir de cada quien, sin temor a condenas divinas, pues la misericordia de Dios (según sus dictados) protege, a cualquier pecador, con la posibilidad de su infinito perdón: los hombre, en la práctica de su fe, por más Santos que sean considerados, no poseen facultad alguna para condenarlo o perdonarlo, solo Dios, quien sí puede ver en el corazón de los hombres la sinceridad del arrepentimiento (pienso); como tampoco yo poseo, ahora, la facultada para demostrarlo, ni para considerarlo un imposible.

La ansiedad de una precocidad natural de los instintos –idéntica durante toda la existencia de la humanidad– en desacuerdo de contenerse y de ser regida por la imposición de una disciplina que ya no corresponde a su época, y gracias a su “mayor” libertad de decidir por si misma, exactamente igual que aquella que tanto la critica, y que en su momento hizo lo mismo, revelándose en su proporcional medida, margen de libertad y de castigo, da el paso a la experiencia de los placeres de la carne, cada vez a edades más tempranas, (las mismas antiguas edades casaderas, pero ahora sin casarse y perdiendo la oportunidad de “cubrir la falta”), o sin “las precauciones” condenables por los hombres de la fe, exponiéndose, sin miedo, a las consecuencias, a los juicios y rechazos: total, el aborto camufla a la honra, manchada por el desliz, para vivir en medio de un mundo moteado de deshonra y perversión. El mismo mundo que durante dos mil años de predominio, la fe no ha podido corregir: y la omnipotencia de Dios tampoco lo ha querido (supongo). Misterio divino, seguramente se me querrá corregir.

Queda claro, no es el castigo o la marginación, no son los derechos o la libertad, no es la fe ni sus condenas, no son las advertencias dictadas que condenan y salvan, los que harán disminuir y desaparecer el acto de abortar, la historia lo demuestra: es, definitivamente, el amor a la maternidad; y éste amor no obedece a caprichos, normas, leyes, costumbres, machismos o dogmas, obedece al instinto: indescifrable, misterioso, aún.

Toda pretensión de querer forzosamente encontrar una interpretación distinta a lo literalmente explícito, es solo eso, una pretensión innecesaria, que de encontrarse, será en el riesgoso terreno de la personalización del interprete, pero bajo ninguna circunstancia deberá imponerse sobre los “dictados” del Señor (afirmo, no supongo): seguramente Dios no lo permitirá (esto, ante las evidencias, lo aventuro).

No existe ciencia que descubra y estudie los misterios divinos, estos, –pienso, y aclaro, sin pretender sea tomado como juicio universal, y sin dudar nada en que debería serlo–, son indescifrables e inaccesibles (de existir, y creer en ellos) para el ser humano, y si “algunos” se atreven a asegurar que descubrieron su magia gracias a una filosofía inventada para tal propósito, o a una “iluminación divina”, entonces, definitivamente los misterios de Dios o no son “realmente indescifrables, ni misterios”, o son (los pretenciosos sabios) unos genios visionarios de dulce aspecto, magnánima actitud y maravillosas intenciones, equiparables al mismo Dios: lo cual creo ¡imposible!, como también en la alta posibilidad de que coincidirá Usted conmigo, (sigo creyendo).

Y antes de que la víscera aborte una opinión prematura, inconclusa de pensarse, démosle al buen juicio la oportunidad de completarse la opinión, y la alumbre, en su justo momento, en un acto iluminado con prudente inteligencia. Atemperemos los ímpetus (si la susceptibilidad se sintió aludida o incómoda por lo aquí dicho), y dejemos el tema, no inconcluso, sino reposando y fermentándose en la inteligencia de los hombres sabios, para abordarlo con invariable intensidad en la siguiente publicación, pero visto ahora desde el segundo montículo: Desde la Sociedad.

«La honestidad es una virtud, aunque su manifestación lastime […]; la opinión prudente, corre el riesgo de ser expresada incompleta para no ofender o lastimar, y eso le resta sinceridad, y el hombre que no es sincero, difícilmente podrá jactarse de ser honesto […]». ¹

Vierta su opinión con sinceridad y sin temor de “incomodar”, y evíteme buscar en el diccionario el significado de la palabra “hipocresía”. Sugiérales visitar éste blog a sus amigos, si acaso algún valor le otorga a su contenido, si no, sinceramente “sugiérales” no asomarse por aquí, mas jamás imponiéndose: respetemos “honestamente” la libertad de decidir de cada quien.

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Septiembre’06 del 2008.
¹ Honestidad, ¿hipócrita por piedad?
Alfonso Díaz Ortega
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sábado, 30 de agosto de 2008

ESPERANZA

Cuando se perciben solo los contornos de los objetos, difuminados y envueltos por la niebla, casi palpable de un obscurecer perenne que parece no disiparse nunca, que obliga a un pelar de ojos exagerado que solo asustan al testigo, y que de nada sirve, que impulsa al resorte instintivo de alargar los brazos de sonámbulo, manoteando ciegos, al tanteo, buscando en el espacio pepenarse de algo para ubicarse así mismo, y saberse, no hacia dónde se iba, sino dónde se está.

Cuando el dorso solo se resbala, embarra y ya no limpia ni absorbe, a la velocidad exigida o creída necesaria, ese lagrimear constante por culpa del polvo levantado con el atrevimiento del andar, del andar ansioso de encontrar, en medio de esa percibida obscura niebla de la desesperación, no a la esperanza perdida en el abusado laberinto de la libertad, sino al beneficio de ésta, y a la fe desusada y extraviada, por los mismos vericuetos de la despreocupación y la gozada libertad, olvidadas intactas, raquíticas por su falta de ejercicio, en la historia sin registro de su aplicación ni remembranza alguna de su supuesta potencia.

Cuando las adversidades obligan a un incrédulo parpadear continuo, a un fruncir del entrecejo, achicando los ojos contra el encandilar de la luz que se percibe, milagrosamente, allá en el fondo; a separar, con mecánico reflejo, los dedos de la mano alargada del temeroso sonámbulo, para aventurar un atisbo curioso, esperanzado de encontrarse con algo, con ese algo ansiado que transforma, ¡con la pura ilusión de creerlo percibido!, y con la fe, a esa ansiedad desesperante, domada finalmente por la calma que otorga la satisfacción del conformismo; del conformismo que apacigua mágicamente cualquier desesperación, sin variar ¡absolutamente en nada el entorno físico!, ¡excepto su percepción!

Eso es lo que siempre ha existido allá en el fondo de toda desesperación, la aceptación ¡incondicional!, tal cual y sin más, de las circunstancias que se creen imposibles de poder cambiar.

Algunos han percibido algo más, una puerta falsa, la renuncia total a persistir, aunque sea con la inacción del conformismo: el suicidio.

Y muy pocos habrán descifrado esa lección que transforma a los desesperados, que hace llorar a los valientes y le da valor a los cobardes, que hace humildes a los poderosos e invade de amor el corazón de los desgraciados, que pacifica a los rebeldes y otorga consuelo a los desdichados, y es que todos buscaban, en su desesperación y sin más que con la potencia de su fe o la fuerza de la autosugestión, algo, después de haberse aceptado impotentes de seguir rigiendo su rumbo y su destino, como lo habían hecho, hasta ahora, con la fuerza de sus años mozos, y doblegarse ahora ante tal aceptación, es como aspirar a algo exageradamente grande solo solicitándolo, haciendo nada o muy poco por lograrlo.

La buena fortuna, la divina providencia, o ¡Dios mismo!, talvez podrán otorgar el pez que cae del cielo, o conceder el milagro a todas las plegarias, ¡solo pidiéndolo!, pero ¡indiscutiblemente!, ¡la vida misma nos enseña a pescar!

No agotemos a destiempo esa luz interna que deberá, posiblemente, iluminar otros vericuetos aún intransitados: ¡ahorrémosla! (Mire que mañana puede amanecer, para algunos, bastante nublado).

–¡Oh!, ¡La esperanza!

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Agosto’28 del 2008.

lunes, 25 de agosto de 2008

BIENVENIDA TARDÍA

Quienes prefieren clasificar los temas, limitan, con la definición, las fronteras de los mismos, sin embargo, es necesario enclaustrarlos titulándolos, para guiar con rapidez a quien busca con avidez algo específico; aquí los temas no se encajonan en su enunciado principal, rebasan muchas veces mi propia intención.

La Filosofía, la Religión, la Política, la Ciencia y la Literatura, se mezclan en cada uno de ellos, algunas veces con cierta profundidad, y otras, por la superficie de la simplicidad, sin descuidar la intención de contagiarle el placer de leer desde el principio hasta el final; temas sobre hechos cotidianos o históricos, que por más decepcionantes, absurdos o nefastos que pudiesen resultar, no le dejen al final la sensación de un pesimismo inútil, sino tan siquiera el optimismo de una sonrisa por algún final gracioso, que intentaré rematar con cierto ingenio.

Los limitantes de este Blog, serán mis reducidas habilidades para escribir y analizar, el ingenio, la imaginación y el respeto al lector y ¡nadie más!

La emisión de juicios será siempre personal; la equidad le permitirá manifestar su desacuerdo o coincidencia con éstos, sin censura, en sus inteligentes comentarios; enriquezcamos la virtud de la sinceridad y la honestidad ¡aportando nuestra verdad!

Si rebasamos los límites del ingenio, la imaginación, el respeto y la libertar –por cierto, bastante difícil– sufriremos el castigo de nuestra propia osadía.

Es ya un placer intuir que me leerá.
Alfonso Díaz Ortega.
Agosto del 2008.

domingo, 24 de agosto de 2008

LA REFORMA Y LAS PREGUNTAS DEFORMADAS

¡Está clarísimo!, la reforma no contempla la privatización de PEMEX.

Pero los “amigos” antagonistas saben muy bien aquello (con sus adecuaciones) de:
“Repite una mentira mil veces”, ¡y quinientos la defenderán como verdad! (¿Cuántas Adelitas tiene Andrés López?).
“Repítela durante mil años”, ¡y se convertirá en la historia oficial de quinientos!
“Repítela durante dos mil años…”

Pero bien, dejemos de repetirnos embustes (no sea que nos convenzan), y continuemos para donde íbamos:

¿Quién apoya, y posiblemente “cabildea”, (léase, apoyos financieros, sobornos, chantajes, presiones, concesiones, promesas, portafolios, ligas, etc., etc.), a Senadores y Diputados para lograr su aprobación?

Televisa, para la aprobación de “su Ley” utilizó unos métodos bastante efectivos, el chantaje y la promesa de un trueque “publicitario”: no hubo ni el 2% de legisladores que votara en contra: ahora justifican “sin vergüenza” (aunque éstas dos ultimas palabras deberían estar unidas y entre signos de admiración pero leído en un tono alto, acusatorio y molesto, ¡bien… molesto!) su decisión, «fue por cuestión de tiempos electorales…». ¡Haberse visto semejante desfachatez!

¿Será la IP que se come las uñas por una rajadita del pastel?

¿Serán acaso las empresas Trasnacionales que desesperan ya por hacerse de PEMEX?

Mire que una empresa con ingresos brutos (aún con sus deficiencias), en el primer cuatrimestre, por más de $ 350 mil millones de pesos, no son como para animar mucho al respeto por soberanías incomprendidas o por las falsas y patrióticas dignidades (teóricas, de las teorías antiguas, porque las de las modernas están más desprestigiadas) políticas.

¿Soportarían los Legisladores un cañonazo de…, digamos…, una milésima de punto porcentual de la cantidad anterior, ¡libre de polvo y paja!? ¡Já, yo también lo dudo!: oiga, ¿y si Usted fuera Legislador?... [?]

¿Y Quién financia de Andrés López?

¿Talvez las Trasnacionales le estén apoyando en su movimiento opositor, para comprar, al paso del tiempo, a un PEMEX agónico, y claro “en veinte centavos”?

¿O las que extraen petróleo de los yacimientos profundos con un popotón de éste pelo en la frontera con los EU?

¿Será el STPRM que “percibe” cercano el final de su fraudulenta actividad, una vez que sea privatizado?

Así como López tiene derecho a poner en duda y entredicho la “teórica” honestidad en la redacción de la Reforma, por justa equidad, cualquiera tiene derecho a dudar de su “obsesiva oposición” y de su sinceridad.

Si la Reforma no se logra, alguien inventará el cuento de que, por algún callejón oscuro se escuchó, quedito, algo así:

–¡Andrés… las ligas no!

Y Don López, parece que al fin terminó de redactar sus propuestas de Reformas (así, en plural, porque son siete), hace más de seis meses que la esta dictando. ¿Acaso no pudo decidir cual de las siete era la mejor?, ¿o resumir las siete en una sola?

¡Pero claro que pudo!, solo que no quiso; el quiere ganar motivos y tiempo, si sus siete propuestas no son detenida y equitativamente discutidas, en comparación con las demás, exigirá igualdad para todas, y aunque la haya habido, se inventará cualquier diferencia para ganarse tiempo con el escándalo.

Este señor requiere inventarse motivos para mantenerse “vigente y en boca de todos” de aquí hasta el 2011 (el 2012 ya son campañas): de no ser así, políticamente se muere, y a su hermanito del alma, Marcelito, dudo que le de profundo y sincero dolor: (eso lo sabe López).

Así que como dijo López, eso de los Debates fue (para él) pura faramalla, pero ya se recorto el tiempo de espera cinco mesecitos: ahí la lleva.

Muchos estaremos de acuerdo en que la Reforma es necesaria, espero que los Legisladores le den la importancia debida y consideren las opiniones vertidas en el Foro de Debates, para que en base a ellas editen la Reforma definitiva y necesaria.

Que el verdadero espíritu de las intenciones honestas para el bien común, duerma con ellos y que se despierten, no iluminados, ¡no tanto!, pero si ¡carajo!, más inteligentes, sensatos y prudentes para editar y aprobar las Reformas que sean necesarias para la supervivencia de una empresa que pende de un hilo, y abrazado como chango a ella, la esperanza y el futuro de México.

Y si alguien sale gritando: –¡fue un compló, fue un compló!–. Digámosle ¡sí, fue un complot respaldado por el 75% de los mexicanos y el hambre de tus bisnietos en el mañana!


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Agosto de 2008.

domingo, 17 de agosto de 2008

LA DOCTRINA DE LOS HOMBRES

Las razones aducidas por los líderes religiosos para “actualizar” el sentido y significado del amor de Cristo (invariable desde hace dos mil años, e imposible de reeditarlo con todos sus mandamientos sin correr el gravísimo riesgo de su inaceptación) en estos tiempos, han sido tan diversas y numerosas, pero han sido siempre inspiradas, según lo ha afirmado la propia jerarquía católica, «en consideraciones específicamente cristianas, en el fondo de las cuales late la intuición de motivos que pueden venir a mejor luz, no sin el influjo del Espíritu Santo, prometido por Cristo a los suyos para el conocimiento de todas las cosas…». Y a todas éstas razones las incita (supongo y deseo que ésta suposición sea certera por bien de la confianza en las intenciones honestas del ser humano) el deseo válido, y el principio honesto, de adecuar, no el dictado de las escrituras, sino su interpretación y aplicación urgente y ad hoc a nuestra época y ritmo de vida.

Sin embargo, tal y tan atrevida y difícil tarea, enfrenta el riesgo constante de aventurar deducciones e “interpretaciones” difícilmente convincentes, pues se sustentan en, primero, una “sentida” guía e iluminación del Espíritu Santo, sin cuya “justificativa anuencia” convertiría tales “adecuaciones” en la imposición dictatorial de unos cuantos humanos, y no, como se dice, en un deseo divino, de Dios; y segundo, en la búsqueda honesta de una aplicación más diáfana para esta vida, tan distinta y distante de aquella de hace más de mil quinientos años, cuando su aplicación y exigencia a “pie juntillas” era posible favorecida por el poder y dominio histórico de la Iglesia; si bien ahora, dicho dominio y predominio continúan, la sutileza de su aplicación, no utiliza, con el descaro antiguo, el poder de la espada y la conquista, del látigo y la inquisición para imponerse: utiliza otros, que motivarán un análisis y publicación posterior.

Todos estos intentos de “actualización” –medianamente o totalmente logrados–, obedecen al deseo de mantener y sostener el buen gobierno y común beneficio de la propia Iglesia, redundando –teóricamente– en un entendimiento más claro del milagro prometido a la fe genuina y a la obediencia total, tan difícil de entender por que escapa a toda lógica común del ser humano, y tan fácil de aceptarlo, generalmente sin comprenderlo, con los ojos cerrados de la irreflexiva fe, y mucho más fácil de olvidarlo por el dinamismo exponencial del ritmo actual de la vida que envuelve al pastor y su rebaño.

Ahora bien, tales “nuevas interpretaciones o adecuaciones” son sentidas “incompletas” por no satisfacer, totalmente, a las costumbres y necesidades actuales, que han rebasado y “dejado atrás” muchas de las “consideración antiguas”, ¡aún vigentes!; por una renuencia “extraña” a abordarlas, porque no han querido, o no se han atrevido a modificarlas; justificando tal inacción con una filosofía teológica “maravillosa”, sin que tal justificación aporte solución real alguna a la apremiante demanda del ritmo de vida.

Y le menciono, por hoy, solo cuatro: métodos anticonceptivos, el aborto, el celibato y la consagración de mujeres como sacerdotisas: cientos de miles de abortos, cientos de miles de hijos no deseados e infecciones venéreas, cientos de miles de sacerdotes que han incumplido con su voto de castidad. Y de todos ellos, ¡un altísimo porcentaje es cristiano!, ¡precisamente por ser la religión Católica una de las más numerosas del mundo!; es justo, por amor al prójimo y evidentemente a Dios mismo, aportar soluciones que salven y no que atemoricen y condenen. Ninguno de estos temas, administrados por los Líderes de la fe, ya convertidos en “ley, costumbre y condena”, son incluidos o impuestos desde el Libro Santo del Señor. Todos fueron concertados –con el Espíritu Santo como testigo, nos han dicho– en concilios que han buscado siempre el “bien común”, ese bien que siempre ha parecido no serlo tanto, o para tantos.

¿Cuál sería la causa posible por que no se hayan abordado plenamente?: administrar y gobernar (mandar, dirigir, administrar, guiar, etc.) un pueblo al que se le otorguen mayores, o todas las libertades que competen a “su persona y pensamiento”, exigiría un esfuerzo gigantesco, imposible de disponer y coordinar a la inmediatez con que el mismo pueblo exige tales libertades, causando evidentemente un caos indeseable, una anarquía espiritual y social: preferible mantener normas estrictas, y el dominio y control, claro: «¿Cuando no se delega una responsabilidad, evidencia el tremor de perder la autoridad por sustentarla?».

Aquí el “posible error” puede penetrar al decidirse adecuaciones por “cuestiones más de gobierno, dominio y control” y no tanto por las “más humanas”, alejándose bastantito de las espirituales: sin embargo, salvar a cientos de miles, ¿será un acto humanitario que Dios alabaría? ¡Yo supongo que sí!: ¿Usted?

La Democracia y el Libre Albedrío, son fantásticos en la esencia de su teoría impractica, pero son también “las más perfectas y fantásticas utopías”. Ambas están estrictamente regidas por leyes, normas, preceptos o dogmas que impiden, restringen, gobiernan y castigan el goce pleno de sus alentadores títulos: los ciudadanos deben observar y obedecer las leyes, los creyentes, adorar a Dios y observar y obedecer sus mandamientos: si quiere vivir en paz, en la tierra, uno, y eternamente en el cielo, el otro.

La “ventaja” de la Democracia es que esta se ejerce en pueblos “dispersados” y se gobierna por un poder autónomo, digamos…, “pequeño”, diseñado para cada lugar, soberano en su forma y ejercicio de todos los demás, aunque también lo sean. La desventaja del gobierno de la fe cristiana, es precisamente el ser universal y su centralismo en un solo Líder espiritual por el principio mismo de la existencia de un solo Dios verdadero; adecuarla a cada sitio, es aceptar heredar “cotos de poder”, poder que la historia ha enseñado lo fácil que es de pervertirse y desvirtuarse.

Difícil evitar que “algunos” se perviertan y se pierdan, pero no tanto que a cientos de miles de creyentes les llegue oportunamente la opción de arrepentirse y corregirse, y talvez se salven, y eso lo decidirá Dios, no los hombres ni sus leyes.

Los misterios del espíritu y de la mente permanecen, afortunadamente, aún indescifrables, sin embargo, sobra quien osa, a pesar de tal ignorancia, intentar descifrar los misterios de Cristo, bajo el pretexto de querer comprender sus deseos para venir a decirnos como “adorarle más”, ¡mínimo que no alcanza a verse las puntas de los pies!, pero en fin: ardua tarea.

Los misterios del espíritu no son descifrables, tal es el milagro y la magia de la vida que conserva pura, aún, su esencia, a pesar del hombre.

Deberá ser evidente que para los creyentes, ¡los de Cristo menos!, hasta el fin: de acontecer.


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Agosto de 2008.

domingo, 10 de agosto de 2008

CARIDAD

El servir, el dar o el socorrer, siempre dentro de las posibilidades, es un acto solidario instintivo, ¡humanitario!, de ahí ese “disgusto interior” (cargo de conciencia, le llaman algunos) cuando la solicitud de socorro o ayuda escapa a nuestra capacidad, la negamos o la escondemos tras la justificación del “no deber dar el pez”, sino “enseñar a pescar”.

La gratificación de la virtud del auxiliar, del compartir o del dar, –sea esto el hombro solicitado para recargar un gemido, la sonrisa solidaria en la carcajada festiva, el abrazo sincero para transmitirle fuerza a la debilidad y ayudarle a soportar la emoción que doblega, el aliento necesario en el desaliento ajeno, el espacio discreto para las confesiones espontáneas; la luz solicitada a gritos por la ignorancia; el cuerpo como bastón para atenuar el trastabillar de los viejos, el segundo de atención para escuchar los recuerdos sepia de los abuelos. El dar la moneda que baila, olvidada en el bolsillo, a la mano extendida de un cuerpo con rostro de necesidad, aparentemente hambriento; obsequiar el costo derrochado en esa porción de comida que nos sobra y que comúnmente damos a los perros, o que, en menor beneficio y mayor perjuicio, echamos al drenaje por el fregadero, o con más suerte es pepenado de las bolsas de basura por el Hambre que se pelea con el hambre de los callejeros perros; regalar los abrigos olvidados en el closet de las modas antiguas para los que tienen frío–; sea una caridad en monedas, abrigo, apoyo moral, alimento (aunque sea un pez), la felicidad y el amor, es la satisfacción de ser solidario con el Hermano en su necesidad, es la certeza de cumplir con una responsabilidad moral y con una reacción instintiva, humanitaria, que se conduele ¡por instinto!, de la desgracia ajena; que comparte la dicha con la desdicha, –y no a la inversa–, buscando impedir el nacimiento de la impotencia, de la decepción y de la lástima, que matan al espíritu de los desesperados encerrados en el claustro del olvidado: innecesarias y absurdas, pero que la necesidad insatisfecha ha engendrado: (o la especulación, por el alto valor de dominar y controlar así a las masas hambrientas, ¿qué sería de los “grandes líderes” si las masas no tuvieran ninguna necesidad?, ¿que causas liderarían?, ¿qué “necesidad” tendría su existencia?).

El auxiliar, el compartir y el dar, ¡jamás se deben condicionar!, si es así, entonces estamos imperializando nuestra capacidad de satisfacer la necesidad, sino directamente solicitada, ¡siempre percibida! El mal uso de la ayuda brindada es responsabilidad de quien la recibe, allá él con sus faltas que no debo de juzgar, acá yo con las mías. ¿Quién soy para hacerlo?, acaso un mejor afortunado que él: (hasta hoy, y, ¿mañana?).

Evitemos convertirnos en “Maestros” de pescadores, y descubramos tarde que lo único que estuvimos haciendo “durante el dictado de las clases” fue pescar halagos y sembrar gratitudes para nuestro propio fin.

Los creyentes saben que ¡Maestro hay uno, y sobra!: no se le imite mal.

Que se dirá, al entregar las cuentas, al contador de sus actos, en el paraíso, cuando los condene por incumplidos a su palabra, como lo advierte en uno de sus libros: «Por que tuve sed y no me diste de beber, porque tuve hambre y no me diste de comer…».

–¡Señor…! ¿¡Te enseñé a pescar…!?


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Agosto de 2008.

HERMANOS

Después de una dieta única, –sin la exquisitez posible que le daría la existencia de otra opción, mas con el sabor inigualable de la gratitud por su existencia–, durante once días nada más, –cuarenta años, ¡imposible!–, comimos nueces y naranjas que “llovían” de un nogal y unos naranjos ajenos sembrados en el terreno del vecino, hasta que nos “llovió” el beneficio de la conmiseración de unos hermanos, testigos accidentales de nuestra situación. Una circunstancia ajena descubrió ante ellos nuestra esquelética condición y apremiante necesidad; entonces, con la uña mal cortada de la recriminación, ¡echaron en cara nuestro mutismo!, se quitaron la cáscara invidente de sus corazones, –antiguos ignorantes de nuestra situación–, se hicieron cosquillas en la carne viva del humanitarismo, de la solidaridad y de la caridad; y se desbordaron compartiendo lo mínimo que poseían hasta que satisficieron, no a sus corazones, más lastimados que el nuestro por no haberles advertido de nuestra condición desde antes, ¡no!, sino a los genios máximos del compartir: el amor y la equidad.

Hoy nos acordamos de algo, precisamente al momento justo de empezar a prepararnos –con lo que el amor y la equidad nos obsequiaron– “el lujo antiguo” de un cortadillo de res que compartió el espacio del sartén con una salsa suculenta, ¡harta de cebolla, tomate, chile serrano, el elixir de un diente de ajo, pimienta, comino, cilantro y perejil!, todo picado, para hacerlo rendir, minúsculamente, sin el lujo del aceite de oliva, solamente nadando en agua a punto de hervir, ¡ah, y su pizca de sal! ¡De éste comeremos hasta pasado mañana!, –nos dijimos frotándonos las manos y rechinándonos las ansiosas y desesperadas tripas–, si el calor no nos envidia tanto, frustra nuestros planes y lo hecha a perder para mañana todo: (por la mente nos pasó quitarle la oportunidad a la intemperie comiéndonos todo de una vez, ganas no faltaban, espacio en el estómago desacostumbrado a comer tanto, talvez).

¿Pero quienes lo prepararon y comerán?, –se preguntarán.

Bien, somos tres: El hambre, el “capricho”, hambriento de un sabor nostálgico, y yo.

Poquito antes de hartarnos nos volvimos a acordar, y detuvimos en el acto los tres exagerados bocados en el espacio mismo que hay entre el plato y la boca, dejándolos flotando en el aire –aromatizado por el suculento manjar– del camino a degustarse e ingerirse: hay muchos que no tienen hermanos.


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Agosto de 2008.

domingo, 3 de agosto de 2008

LAS MARAVILLAS DEL ÉXITO

Tras los tiempos difíciles, seguirán los menos, ¡indudablemente! Sabiduría popular, ansiada deducción del optimismo y la esperanza; aspiración genuina y natural a una situación mejor que evidencia la fatiga, el cansancio, la desesperación, o simplemente la ambición de lograr más con menor sacrificio y mayor facilidad; y gozar de todo ello, ¡definitivamente más!

La sutil línea entre la adversidad y la dicha, entre la tristeza y la felicidad, entre el amor y el odio, entre la riqueza y la pobreza, entre lo justo y lo injusto, entre lo soportable y lo insoportable, siempre la traza las “sentida” debilidad, casi nunca la dicha; por una simple y sencilla razón, ésta última se consume demostrándose, vanagloriándose y gozándose de serlo, no le sobra tiempo para desgastarse penándose desdichada.

Soportar la dificultad de los momentos que la desesperación pinta de eternos, con los residuos que resten de una fortaleza antigua casi extinta, con una dignidad que se sostiene en la debilidad que le resta y solo por instinto, autónoma, con la entereza y la prudencia que se forjan durante el sacrificio de soportarlos y sobrevivirlos; o con la esperanza y la fe que auxilia, reconforta y conforma de su situación, con una ambición “aparentemente” más pasiva, a los creyentes, convierten finalmente, en quienes persisten, a la debilidad y la duda, en la fortaleza y confianza necesarias para lograr y resistir el éxito de una ambición honesta.

Generalmente las bases fundamentales del éxito son una inquebrantable persistencia por una pretensión justa y honesta, ¡sin límite!, ¡que raye las fronteras invisibles de la obsesión y el fanatismo!, ¡que carajos!, sin olvidar jamás la intención original ni perder el rumbo por entre los vericuetos de las burlas por la persistencia en un objetivo de apariencia absurda, y la propia desesperación.

Para alcanzar los objetivos no basta con pensar en ellos como si ya fueran nuestros, o autosugestionarse de que ya se han alcanzado, hay que dar el paso decidido ¡y hacerlo!; y es esa acción decidida, tomada posiblemente en el momento más crítico de la prolongada lucha, lo que pronostica el alcance del éxito, importándonos, ¡en ese preciso instante!, ¡un pepino si al final lo logramos o no!

¡Basta y es suficiente el intentarlo! Que la intensa luz del mañana de los logros ansiados imaginados logrados ¡o ya logrados!, no nos cause una temprana ceguera: el mañana nunca llega, ¡siempre es hoy!

El lograrlo podrá ser su consecuencia, mas lo que sí se logra en la lucha, es saborear esos manjares que la vida dispersó por el camino para fortalecer más al espíritu que al cuerpo, (para cuando este se desgaste y ya no sirva). Ese es el éxito maravilloso de la vida: vivirla sufriéndola y gozándola, ¡sin conformismos!, sin lamentos inútiles ni arrepentimientos tardíos.

A las adversidades y desgracias es fácil adaptarse cuando se cobijan, muchas veces con inconforme resignación, con el manto de una fe que conforta y sujeta, “teóricamente”, a la ambición con una “sugerida e inducida pasividad” para no restarle grados de atracción al galardón máximo: la trascendencia a la vida eterna; esa será la recompensa, la maravilla del éxito mayor para los creyentes, tras soportar las vicisitudes y sufrimientos “pacificados” por su propia fe, y sin mucho espacio para compartir esta aspiración con otras pretensiones naturalmente indispensable “más mundanas”: porque crearía un evidente conflicto de atención, interés y prioridad: la realidad es testigo.

Bien, mas, todo individuo, sea cual fuere su creencia, –de tenerla–, obediente a un impulso humano e instintivo, ansía, desea, planea, proyecta o trabaja en una pretensión que considera justa (sin calificar, por hoy, los “justos medios” que emplee) para lograr una condición mejor de vida; habrá quienes lo hacen orando solicitándole a su creador una condición de vida mejor, tal cual les han inculcado, y esperan confiados en la llegada de tal milagro, olvidándose, por las urgencias obvias de la satisfacción de las necesidades inmediatas, de trabajar por el galardón prometido a la perseverancia de su fe: su éxito en el paraíso celestial.

Adaptarse a las gracias y la satisfacción que el éxito causa y otorga es casi ¡imposible!, pues ésta ¡no tiene límites!, porque si los tuviera se llamaría conformismo; ¡además no tiene lápiz para marcárselos!, y si lo tuviera de nada le serviría, no sabe escribir: ¡solo gozarse!

La práctica de la Justicia y la Honestidad, de la Prudencia y la Equidad, son las herramientas de los hombres que luchan por logra el éxito, y que, de lograrlo, no se extravían en el infinito de su satisfacción, puesto que ellos mismos no se enteran de haberlo logrado; quienes sí se enteran, los miden y comparan, son todos los demás que así los consideran distinguiéndolos siempre como puntos de referencia y comparación, ¡como ejemplos del éxito!, olvidando muchas veces resaltar que es consecuencia de su humilde y tenaz perseverancia; de su perseverancia entrelazada con las vicisitudes y adversidades necesarias sin las cuales la vida no se fortalecería a sí misma ni tendría sentido, y el éxito perdería su significación.

Y para quienes, entre lo nublado de la desesperación, no distinguen la conformación de su propio éxito, no vaya ni vea demasiado lejos: obséquiese un segundo. ¡Solamente un segundo basta para maravillarse y quedarse absorto!, observando y sintiendo el tic-tac de un milagro, del más grande éxito de la vida: ¡la vida misma!, ¡Usted!

¡Un segundo! Es un “instante” por el que todos los creyentes deberían manifestarse con una reacción de gratitud hacia su Dios: ¡gozándose infinitamente!

Sin embargo, las necesidades naturales y “mundanas” lo hacen olvidarlo, no porque sea este un desagradecido olvidadizo, ¡no!, simplemente porque es imposible conciliar, tal como se dicta e inculca, dos necesidades de dos dimensiones distintas “supuestamente” coincidiendo en un mismo cuerpo, la espiritual que se alimenta de su propia fe, que no nutre al cuerpo, y la terrenal que se alimenta de la tierra misma, que no nutre al espíritu: la autosugestión posiblemente resulte un tentempié para ambas: solamente eso.

Ya corroboraremos lo inculcado o sabremos la verdad, mientras tanto, creyentes o no, conservemos, cuidemos y esforcémonos por irle sumando segundos a la existencia, lograrlo será ya en si disfrutar de una vida exitosa.

¿Un año más?, ¿todo el montón de ellos que ya hemos disfrutado?

¡Que baste una respetuosa y silenciosa reverencia como un humilde acto de la gratitud a la vida misma!

Si es creyente, su Dios, cualquiera que este sea, entenderá que tendría que duplicarle el tiempo de vida para agradecerle solamente la mitad por su ÉXITO MAYOR: ¡Usted!

Hoy, como siempre, cada segundo es especial, ¡todo el día es especial!, cada recuerdo de lo vivido que llegue a su memoria es especial: ¡vayan hacia Usted mis recuerdos ahora!: y esperaré poder también enviárselos el próximo año, o mañana, cuando se conviertan en hoy, porque cada segundo que transcurra esperando, me hará más rico gozando del éxito del sobrevivir.

(… Y de los que logre, por mi cuenta, agenciarme).

¡Feliz cumpleaños!... (y éxitos).

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Publicado por Alfonso Díaz Ortega, en:
http://www.alfonsodiazortega.blogspot.com/
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Agosto de 2008.