2. Desde la Sociedad: insensible, crítica: a veces de más.
Intentemos hacer oídos sordos al eco de los Gritos Opuestos (del tema anterior) que no podamos acallar eliminando sus causas, obedeciendo al instinto de adaptación a lo incambiable, o a la consolación conformista de que pudieron ser peor arriesgándonos a hacer del conformismo una peligrosa costumbre, o a la pasividad de la inacción que imposibilita siquiera intentar aquietarlos, posiblemente otros gritos más íntimos y antiguos los ensordecerán: los de una sociedad moralista que juzga y los del juzgado. Los causados por un desprecio celado, por una discriminación callada que avergüenza y se avergüenza de expresarse con sinceridad, disfrazándose, muchas veces, de la vanagloriada rectitud que la desvergüenza grita, ensordeciendo los reclamos íntimos de una falta añeja que exige reponerse y aceptarse, buscando exonerarse gritando y autosugestionándose de “honrada, inocente y santa”, evidenciando y exhibiendo al trauma oculto ¡que lo canta y que lo exige!; y otros, pintados con el mutismo o la indecisión de definirse por el inconveniente de enfrentarse al sector dominante que la impone. Crítico e influyente sector encaramado en un trono de incongruencia hipócrita pintado con acuarela de decencia, miope consciente de sus faltas y analfabeta de la consideración y la humildad, irrespetuoso del amor propio del semejante e ignorante de su dignidad. Dictador que conscientemente se minimiza engrandeciendo las faltas del semejante y minimizando a propósito las propias: y con su acción ¡exagerada o mustia!, lastima, se lastima ¡y da lástima!
Desprecio y discriminación mezclados con la envidia al valor de quien enfrenta el juicio ¡sin vergüenza ni preocupación!, –creen y se sienten insultados, ¡ofendidos!–, o la admiración al tamaño de la estupidez de quien comete la “falta”, ¡existiendo tantos medios para disfrazarla!: –refutan criticando a destiempo–. Absteniéndose, muchas veces de hacer público su veredicto y su sentir, no por respeto al enjuiciado, ¡no!, sino por el temor latente a las circunstancias futuras del amor, del capricho o del descuido que los hiciera cometerla –o la cometieran aquellos a quien tanto quieren y descuidan– y pudiera colocarlos en una “bochornosa situación”.
Sí, los gritos de la extremista y puritana sociedad sentenciando y castigando, señalando y marginando a las que paren sin el progenitor de la criatura, ¡conocido y a la vista!, o a las que abortan, con éste o sin él; ese que las secundó en las prácticas de las teorías sexuales deseando corroborar las sensaciones platicadas por las amigas expertas, ese que las acompañó a conocer el éxtasis, intuido esperándoles al final de las caricias, en la culminación del clímax; acto intuido y practicado por instinto esperando ver las chispitas de colores dibujadas en los chismes de las amigas, o diseñándose las propias para platicarlas, si el recato es insuficiente para soportar discreto la sensación vivida, después; o queriendo completar por cuenta propia las lecciones preventivas, a medias e insensibles de la escuela, o simplemente obedeciendo a la naturaleza, ¡al instinto que no exige lecciones previas!; ¡o para darle gusto a la libertad sin amor del espontáneo libido! Con ese que tardó lo que tarda una promesa para convencerlas; ese que se oculta tras el olvido de las promesas y juramentos de amor eterno bajo las colchas de los placeres momentáneos satisfechos; o perdido a propósito por los vericuetos sin rumbo de la irresponsabilidad, o en la cobardía de los ataques a ellas sin su consentimiento. Ese y Esa que hicieron lo que hicieron, talvez orillados e incitados por la autonomía de los instintos, inspirados por el temperamento del momento que olvidó, ¡en ese preciso instante!, las advertencias y la precaución, por estar atareado en la percepción sensitiva de menesteres más placenteros, el resultado evidente y natural acto del Acto: un hijo.
Los de la impositiva sociedad que las relega al último de una fila que conduce al muro infame de la marginación y la crítica, que les exige el arrepentimiento por ser Madres sin cumplir con “ciertos requisitos”, o por haberse negado a completarse serlo incumpliendo con todos. Los de la sociedad que vive extraviada en el debate inútil de la imprecisión para definir cuando inicia la vida y convierte a la mujer en Madre: si al momento de la fecundación o hasta el instante del parto. Ubicando la controversia en ¡un genial “tanteo mediado”!, para no despedazarse –salvo con argumentos– entre ellos: después de iniciada la primera y antes de acontecer lo segundo.
Madres –o medias Madres, según el ambiguo tanteo– formadas en una fila que la sociedad puritana espera no las conduzca a las puertas de “su cielo”; su círculo social “perfecto” (?) que sucumbe lentamente con sus morales antiguas cancerándose –por sus deslices escondidos descubiertos por cuchicheos o por la desvergüenza de la pésima justificación– por dentro. Con su moral que se niega, y no puede, seguir al ritmo de la vida porque se quedó, hace decenios, hincada y esperando el milagro imposible de corregirla, frenándola.
Madres que no le son desconocidas, pues no pertenecen a otra sociedad u otra cultura, ¡no!, son sus hijas a quienes ha aventado a este mundo ¡raquítico de fundamentos éticos!, y escaso de ejemplos honrosos para aprenderles a esquivar la tentación o tan siquiera para imitarles a sobrellevar la responsabilidad; mas no por carecer de principios morales más reciente o por practicar dogmas importados, –confusos incineradores de faltas en la próxima vida y perdonadores de éstas en ésta (…?)–, ¡no!, sino por resistirse a aceptar que no habrá teorías, leyes, dogmas o restricciones que dobleguen al instinto natural, ¡al libido!, o al capricho del amor, que buscará y encontrará su satisfacción, ¡a toda costa! La marginación, la crítica y el castigo ¡son los incentivos que alimentan al capricho y a la rebeldía! La historia no se equivoca, y ya no podría: sus interpretes que pretenden revivirla, implantarla y eternizarla, ¡sí!
Una sociedad cuyos miembros discretamente enmudecen al presentir la posibilidad de llegar a sufrir en carne propia –o en la de sus hijos–, lo injusto de la sentencia y del castigo, si la falta que antes señalaban, en un futuro in adivinable les sorprende o les alcanza. No podrían soportar la propalación de la “deshonra”, ni las señales de los dedos acusatorios ocultos tras las cortinas de la moralina falsa que no hace tanto profesaban. Entonces, si no maduran ni se vuelven sabios, si no se manifiestan contrarios o solidarios con quien falte a la regla cometiendo la falta, al menos la prudencia comienza a asomarse por entre sus consideraciones, haciéndolos actuar con más tolerancia a la decisión distinta, con “algo” de sensatez.
Y es el momento –que no debería llegar con el temor o los años– en que talvez comprenda que esta sociedad, –de la cual es absurdo pretender excluirse o excluir–, desde hace siglos, sobrevive persiguiendo una “comodidad” que rebasó el equilibrado conformismo del instinto; no es ya su lucha primordial lograr una satisfacción modesta y prudente; esa que el tiempo de la regeneración de los recursos naturales dicta para lograr su equilibrio y permanencia –sin variaciones drásticas– de todo y de todos; esa que marca los límites a lo suficiente y advierte de los riesgos de su transgresión. No, ya no es la misma satisfacción que se busca, ahora es ésta que la escasez constata y el futuro amenaza con hacerla inalcanzable; ésta que la ausencia, el olvido o empobrecimiento de los principios, para lograrla, confirman; ésta que medio mundo desesperadamente ansía poseerla, multiplicándola; ésta que la exageración sin fronteras de la ambición y la codicia alientan acrecentar. Muy distinta a aquella que aún practicarían las sociedades “incivilizadas”, de haberlas; aquella que se quedó pintada en los libros de la historia, donde solo “ahí parece” poseer la fortuna de permanecer inalterable: la satisfacción modestas y prudentes de las necesidades vitales, sin obsesiones, sin codicia ni envidias; sin el exceso que enriquece a unos restándole lo primordial a otros.
En la búsqueda de tal satisfacción, la sociedad sobrevive, arrebatándose en una subasta de precios, los escasos recursos naturales que le quedan, administrados y ofertados por la especulación, conformándose para tal evento dos sectores sociales “teóricamente interdependientes” ¡bien definidos!; incontable el primero, el segundo no. El primero: la fuerza bruta, la mano de obra, el consumidor; la inteligencia cultivada o innata, el poder creado o heredado ¡multiplicándose!, la sagacidad negociando, la audacia planeando, los negociadores de la necesidad y la especulación: el segundo. –El orden de los factores…, ¡no altera los beneficios!–. Hace siglos, el primero buscando sus satisfactores sin excesos, y el segundo, “proporcionándoselos” –en parte– con medida y a un “justo precio”, y “limitándose” por una “aparente conformidad” con lo obtenido. En el primero, por aquellos mismos tiempos, la mujer –generalmente entre los catorce y los dieciséis, ¡justo con los primeros despertares de los instintos de la carne!– aceptaba, con la inocencia pura de su virginal candor, el matrimonio con más amor que ambición –quizá también debiera incluir: por costumbre y a veces “por obediencia”: pero dejémoslo así–: un protector fuerte, un hombre trabajador ¡seguro proveedor!, un padre de sus futuros hijos, un hogar modesto y, ¡obvio!, su complemento –¡perfecto o imperfecto!– en las cuestiones íntimas, que trabajaba de sol a sol para mantener a familias de más de diez, (recordando de vez en vez los que se malograron): un ambicioso resultaba un iluso, un soñador, un mal partido; de la explotación de la fuerza bruta del primero, –¿administración le “suena” que polariza menos, que es “más conciliador”?, ¡sea pues!–, administración de la fuerza bruta del primero, vivía el segundo, quien coincidía en las edades (difícil en lo de sol a sol) para casarse y procrear. ¡Innecesario e impensable abortar!, en esa remota época los abortos acontecidos no eran cosa de la decisión, eran lamentables e indeseables. Arrejuntada o con marido legal, con la llegada de los hijos la mujer alcanzaba su plenitud, coronaban su ideal, ¡era su única y máxima realización!: así que ¡no existía razón para provocarlos!; excepciones hubo, pero allá que las cuente otro.
«Solo un apunte: seguramente se cometieron tantos, que si la confesión del secreto y la discreción pública callaron, la inconsciencia los dictó para la posteridad por no poderlos ocultar. ¿De quién supone el cuño de las sentencias siguientes?: «¡No matarás!», ¿acaso de algún conquistador arrepentido, o alguien inexperto en “las sensaciones” del matar?; «¡di no a las drogas!», ¿de alguien que desconoce los altibajos de la alucinación?; «solo por hoy», ¿de algún “antiguo” apasionado de la abstinencia?; «¡ama a tu prójimo como a ti mismo!»; ¿de algún egoísta, vanidoso y “antiguo” amante de la soledad, o un experto del amor?... Y la de «¡No al aborto!»…, ¡cuidado!, gritarlo podría significar cargo de conciencia por alguna experiencia amarga, o estúpida ignorancia del incierto futuro que espera sin desesperar…, (apunte el cierre, y cierro el apunte)».
Con el tiempo, la codicia de “los inteligentes de más” los llevó a buscarse la forma de producir y ganar más sin que les costara justamente lo proporcional; ¡y la encontraron!: ¡los precios de los insumos subieron!, los “altos costos” por la industrialización de la revolución industrial, ¡el precio del petróleo, la azúcar!, bla, bla, bla, –¡pamplinas qué!–; “por eso” los salarios se fueron reduciendo paulatinamente y encareciendo los productos de primera necesidad. Al hombre trabajador le fue resultando bastante difícil proporcionar los satisfactores mínimos, y, la solidaria “varona”, por desesperante necesidad, dividió su tiempo entre la atención del hogar y su incursión, inicialmente lenta, en la fuerza laboral, –a menor salario, ¡claro!, la fuerza del hombre produce más: decía quien pagaba–. Las consecuencias: desatención –por falta de tiempo– a los hijos, “al viejo” y al hogar; disminución del tiempo disponible –o negación rotunda– para procrear, –embarazarse equivalía retornar a la situación de carencias de la que se pretendía salir, «¡la familia pequeña vive mejor!», rezaba ciertamente un slogan sugiriendo sutilmente “¡menos hijos!, más trabajo, ¡mejor vida!”, y para “convencerla” de lo anterior, ¡la discriminación y el despido!, ¡y la planificación familiar!–; el ingreso familiar se vio incrementado, ya no era uno solo sueldo, era uno punto seis, ¡ya les alcanzaba para más!; los volúmenes de producción subieron y sus costos, obvio, bajaron, pero con la justificación inventada del alza en los insumos, los precios siguieron la curva ascendente originalmente diseñada, pues con el excedente que les alcanzaba para más los podían pagar: muy pronto dejaría de alcanzarles.
No nos extraviemos ni desesperemos; sujetemos con fuerza la punta del hilo de la cavilación, y no me demuestre, ¡obséquiese la invaluable sensación de una virtud maravillosa!, ¡goce de su valor!, (y de la espera); y, como intuyo desconoce el significado y práctica del egoísmo, seguramente nos compartirá tal sensación con ¡una demostración virtuosa de paciencia! Tras merecido y cauto halago, continúo desenredándolo: embobinémoslo cuidadosamente para que la réplica no se enrede ni se esfuerce de más.
Brinquémonos el tedio de ésta “singular remembranza histórica” para esquivar el sabor pesimista que deja el revivir –en la memoria– la decepción tejida por ilusos albañiles torcedores de destinos, gratificados por el valor de la codicia, y ubiquémonos “de golpe y porrazo” en el aquí, ¡en el ahora!
Las “ilusiones” de la mujer siguen siendo las mismas de las abuelas, pero ahora obedecen a un orden de prioridades distinto, se ubican casi en último lugar; lo escabroso de los vericuetos para hacerse en la vida con “algo de “bienestar” se los ha cambiado. La superación mediante el estudio antes de casarse es fundamental; luchar por lograr un trabajo digno, bien remunerado y estable; “vivir la vida” antes de casarse para evitar “tentaciones futuras causantes de deslices lamentables”; hacerse de un “capitalito” para sortear dificultades con la llegada y crianza de los hijos, de tocarle, –¡ahora sí!–, un carente de ambiciones bueno para nada, y poder desatarse –de ser necesario o cuando quiera– la dependencia o imposiciones si la “mala suerte” le asigna a un “machista” como esposo.
La dinámica y competencia de, por y para enfrentar la vida, han modificado rotundamente la forma misma de satisfacerla; ya no se inicia formando una familia para luchar por y para ella, sino se trabaja por y para tenerla después; completa o incompleta, –léase con marido o sin él, con hijos o sin éstos: y no por alguna situación circunstancial, ¡sino a conciencia!
Las “ilusiones antiguas” se han convertido ahora en “obsesiones modernas”; obsesiones imposibles de satisfacer –y satisfacerse–, simplemente por ignorar la utopía de su significación; o porque las matrices se ocupan preocupando a la decisión de encubar hasta su término la nueva vida y terminar con la moderna obsesión…, ¡oh!, ¡si la naturaleza de las matrices evolucionara más tarde y acorde con el tiempo de la realización personal…!, talvez, ¡talvez!, dentro de algunos cuantos milloncillos de años, la costumbre impuesta por la dinámica de la codicia logre que la mujer retrase, de forma natural, el inicio de su edad reproductiva –de los doce o trece, hasta los veinticinco o los veintiséis– para no coartarle las ambiciones soñadas con embarazos inesperados, hijos indeseados, “o se vea y se sienta obligada” a dolorosos abortos…
En tanto, con sus miles de revoluciones industriales, con cientos de necesidades incumpliéndose, y otras tantas inventándose, quizá podrán cambiarle al Hombre los sueños y las ilusiones, las costumbre y los dogmas, talvez hasta la estética y la ética, pero nunca, ¡nunca la esencia de su diseño original! Por esto, la Mujer jamás, ¡jamás dejara de seguirse embarazando!, cumpliendo o sin cumplir con lo que le impongan, ¡por descuido, por amor, por capricho!…, ¡o por milagro! El ritmo de la vida impuesto por el Hombre no puede cambiarla, porque el Mundo vivo, con sus filosofías, con sus sociedades y culturas, con sus dogmas, morales y éticas, fantásticas, caducas o nuevas, no la sujetan, no la mandan ni la obligan (finge, generalmente): ¡porque ella lo parió!
¡Y lo seguirá pariendo!, porque su esencia máxima es ¡obedecer al instinto de la maternidad!, ¡nada más!: (con el aporte del Hombre, claro, mas no necesariamente de “su hombre”).
¿Qué juicio imparcial aplicará el “honorable miembro pío” de la pía Sociedad poniéndose de pie con su espada flamígera, para acusar a una Madre de asesinato cuando esta decida, orillada por los perjuicios de la sociedad, abortar: a su nieto, a su bastardo, o al hijo que no es de él?
Es el momento en que, generalmente, la honra equivoca su significación, lastimándose en vez de maravillarse del milagroso resultado del acto. Es el momento en que la honestidad lastima y se lastima con su opinión airada y ofendida, dolida y espontánea, sentida y creída sincera: hasta que piensa. Es el momento en que deberá empezar a descubrir, a aprender y a practicar el valor de la prudencia; o al menos los principio básicos de la resignación mezclados con forzados instantes de silencios hipócritas; y en esos lapsos de silencio es cuando deberá de decidir, antes de juzgar, que hacer.
Posiblemente desorientado busque respuesta a esa pregunta que deja vacío al pensamiento y sin argumentos a la razón, y desesperado volteé finalmente hacia el cielo buscando…, ¿¡buscando!?: si encuentra tres respuestas es que lo iluminó el sol.
A mi pensamiento lo iluminan las estrellas, y no podré decidirlo hasta terminarlas de contar: seguramente antes de entonces ¡querré mucho a los tres!, (o los lloraré más).
¿Y Usted?
Publicado por Alfonso Díaz Ortega en:
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Diciembre’17 del 2008.